Los sueños de un paria

Firpo abrió el paquete con manos temblorosas, sacó el equipo y lo acarició suavemente, sonrió satisfecho: “ahora mis chicas tendrán movimientos”. Le había costado su sangre, era un paria, no trabajaba, vivía de prestarse como conejillo de indias a los centros de investigación: allí lo contagiaban con algún virus y luego probaban sobre él las vacunas, otras veces daba su sangre por una buena suma. Hasta ahora le había ido bien, una semana ingresado y luego a cobrar. Siempre corría su riesgo, aún le quedan las manchas de un experimento: claro que tuvieron que indemnizarlo, además de un tratamiento gratis; pero él lo abandonó: por unas manchas no vale la pena. Ser un paria tiene sus ventajas y sus desventajas. Ahora mismo había acabado de dar la sangre, y hasta dentro de seis meses no podía volver a darla: si fuera por él, la daba todos los días. Quería comprarse los derechos de un canal. Ese era su sueño, ser el dueño de un canal. El sería el animador principal, aparecería en todos los programas y pronto sería millonario. Por el momento sólo le importaba estrenar el proyector de hologramas dinámicos. Mientras lo conectaba pensaba en Marilyn. Se pasó la mano por los labios. Cogió el teléfono y marcó el número.

Apareció en la pantalla, tenía puesta una bata de casa transparente.

Marilyn dijo él con voz apagada.

¿Que deseas? dijo ella con una sonrisita a flor de labios.

Verte.

¿Desnuda? Tendrás que pagarme.

No, no hace falta y diciendo esto apretó un botón.

Así que estás grabando mi imagen.

¿Que…?

Oh, hijo que atrasado estás, tengo un programita llamado IMANPRO, algo asi como proteja su imagen, el cual te alerta cuando están “robándote la imagen”. Pero… bien, entre tú y yo no hay problemas, sólo tendrás que pagarme, y se acabó…

Si, claro te pagaré.

Pensó que le esperaba otra semana ingresado en algún laboratorio. Pero qué iba a hacer, peor era que ella lo demandara y las leyes con los parias eran terribles.

De algo tenemos que vivir. ¿No crees?

Claro dijo con resignación.

Adiós pillín.

Adiós…

Fue corriendo a probar el equipo que había acabado de comprar. Movió sus dedos con torpeza sobre el teclado de la computadora. Llamó al programa Trep 3D. Le pasó la imagen de Marilyn y luego, lo más importante, le dió salida para el nuevo equipo. En el centro del cuarto apareció la figura de Marilyn, con un vestido rosado, el pelo suelto. El, dando un salto cayó sobre la cama, estaba ansioso. El cuarto se llenó de música. Ella comenzó a bailar mientras lentamente se iba quitando la ropa. El la observaba sin respirar con las manos crispadas sobre el control. Apretó nuevamente un botón, y todo comenzó de nuevo pero esta vez apareció vestida con una blusa, un pantalón apretado, y el pelo recogido, y como fondo musical un rock. Ahora sus movimientos eran violentos: primero se soltó el pelo, luego se abrió la blusa… Firpo se mordió los labios. Ya estaba completamente desnuda. Apretó el botón con mano temblorosa. Ahora estaba con un vestido negro, ceñido al cuerpo y zapatos de tacón alto, bailando música salsa. Así continuó vistiéndola y desvistiéndola durante horas, hasta desahogarse. No sabe qué tiempo durmió, apagó el aparato que continuaba encendido. Sintió hambre, cogió un pedazo de pan viejo y un trozo de queso. Encendió el televisor.

Y a continuación las palabras del nuevo líder de la humanidad, el hombre que está llamado a ser el presidente de nuestro país.

“Otra vez ese tipo, se ha cogido el canal para él sólo”.

Cambió el canal.

Nosotros tenemos la verdad…

“Ese tipo también aquí…”.

Cambió nuevamente el canal.

“Que tipo más latoso, como puede pagar tantos canales, debe ser multimillonario. El con mucho dinero, gastando millones en sus campañas políticas. Yo en su lugar realizaría programas musicales, con artistas cómicos. Pondría películas de aventuras. Estoy seguro que sería el canal más popular de la televisión…”.

Envíen sus videos y nosotros se los exhibiremos. Somos un canal amateur. Detrás de nosotros no hay transnacionales que nos impongan sus criterios, ni sus intereses. Nosotros somos un grupo independiente que trabaja para usted de forma gratuita, desinteresada. No olvide que este programa está hecho a su medida, para que usted se realice en él. Envíenos cualquier cosa: videos, composiciones computarizadas e incluso libretos, nosotros nos encargaremos de adaptarlos. Y recuerde que este su canal.

Y ahora continuamos con la transmisión de la novela…

Cambió de canal.

Este es mi canal, su canal, el canal de todos, porque todos disfrutamos de él. Y hoy tenemos invitada a una cantante muy famosa, que muy gentilmente aceptó venir aquí a nuestro canal, aunque ella sabe que no pagamos de forma material, y si nos fuera a cobrar no tendríamos como pagarle. Y ya lo ven esta aquí con nosotros, ¿saben por qué? Claro que lo saben: ¡por ustedes! Disponemos del cariño de ustedes, porque nuestro canal llega a todos los hogares del país, desde el más poderoso magnate hasta el más insignificante paria…

Cambió de canal.

Si alguno de nuestros programas le interesa, escríbanos y le enviaremos el video, ¡gratis!, con su programa favorito. Recuerde que aquí todo es gratis. Solicite lo que usted desee y nosotros lo complaceremos.

“Mi canal, si pudiera tener mi canal. Ser el dueño. Entonces todas las chicas correrían detrás de mi para que las incluya en la programación. Y tu Marilyn, harías cuanto te pidiera… harías todo lo que yo desee”.

Recordó que tenía que pagarle la cuenta por el robo de imagen. Tenía que ofrecerse a algún instituto. Se sentó en la computadora, solicitó la planilla de ingreso y comenzó a llenarla.

YO Firpo Perez DESEO INGRESAR EN ESE CENTRO, PARA QUE SE REALICEN EN MI PERSONA LOS EXPERIMENTOS NECESARIOS DURANTE UNA SEMANA. ESTOY CONSCIENTE DE LOS RIESGOS QUE ESO IMPLICA Y EXONERO DE TODA RESPONSABILIDAD A LOS MEDICOS QUE PARTICIPEN EN EL EXPERIMENTO. SE QUE ESTE SACRIFICIO REDUNDARA EN BENEFICIO DE LA HUMANIDAD.

OBSERVACION: soy un paria.

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Contagio

He llevado tanto tiempo encerrado, jugando con las computadoras, hablando ante un auditorio vacío, compuesto por imágenes tridimensionales; simulando viajes a través de los holovideos; acostándome con bellas seximuñes, todas iguales, con esa misma cara, siempre tan perfecta, y esos ojos inexpresivos ya sean verdes, azules o violetas. Siempre lo mismo, lo mismo; día tras día. Pero hoy, hoy he sentido deseos de salir… salir… ¿Salir afuera? Temblé de tan sólo pensarlo. Salir afuera… Salir… No podría. ¿Por qué no?… ¿Salir allá afuera?… Enfrentarme a esos seres enfermos. A esos envidiosos. La última vez que salí me contagiaron con un nuevo tic nervioso. Observé el vaivén de mi mano. La humanidad está enferma. No hay porqué salir. Aquí dentro estoy seguro, no me falta nada. ¿Por qué arriesgarme? Hace años que no salgo a la calle, encerrado en esta casa automatizada, segura. ¿Y si saliera? Sentí miedo, y esto hace que se me acentúe más el parpadeo del ojo izquierdo, mientras las cejas se me arquean periódicamente. Pero esto no es todo, a veces se sucede una pausa y entonces comienzan los tirones de la cabeza hacia el lado derecho, mientras el hombro se alza bruscamente y golpea sobre la mandíbula empujándola, provocando que el cuello se retuerza hacia la izquierda y por si fuera poco todo esto va acompañado de una horrible torsión del labio inferior dándome un aspecto estúpido. Soy un ser nervioso, acomplejado. En esto me han convertido. ¡Humanidad no sabes como te odio!

Eran casi las once de la noche cuando decidí salir; a esa hora transitan pocas personas, además todo está oscuro, hace años que no veo a nadie, que no camino por la calle. A pesar de mi miedo necesitaba hacerlo, necesitaba salir, respirar el aire de la noche, ver a mis verdugos. Eso si, evitaría toda conversación, no más tics nerviosos, con los que tengo me sobra.

Acerqué mi mano temblorosa a la puerta y la abrí lentamente, una corriente de aire recorrió todo mi cuerpo poniéndome los pelos de punta, un terror enfermizo me invadía; salir afuera, esa sola idea me producía escalofríos. Asomé la cabeza, no se veía un alma; respiraba con dificultad también padezco de asfixias nerviosas . Salí a la calle con pasos vacilantes, no había caminado una cuadra cuando tropecé con un latón, que viré y por poco caigo sobre él. Sobresaltado miré hacia todas partes, por suerte no había nadie, me alejé apresuradamente del lugar.

Caminaba tratando de hacer el menor ruido posible: sentí deseos de estornudar, espantado me llevé ambas manos a la boca, de nada sirvió, aunque estornudé varias veces, logré ahogar el sonido, tapándome la boca y la nariz. Eso era lo que me faltaba: un resfriado. Con horror vi a alguien que venía a mi encuentro, crucé para la otra acera tratando de evitar cualquier contacto. Me sentía cansado, hacía tanto tiempo que no caminaba, decidí sentarme en un parque; estaba totalmente desierto, eran las once y media. No se veía una sola persona, el parque era para mí sólo. Fue entonces cuando escuché una voz a mis espaldas, no me atreví a volverme, por un momento pensé ponerme de pie y echar a correr. El hombre dio la vuelta y se puso frente a mí, lo miré aterrorizado, me cortaba el paso, ya no podía escapar, no podía evitar su terrible conversación, ¡el peligroso contagio! El hombre se sentó a mi lado. De un momento a otro comenzaría a hablarme.

Lo mejor que hago es pararme y largarme para mi casa pensé.

Fue entonces cuando escuché una voz temblorosa.

Por favor no se vaya necesito hablar con alguien, soy tan desgraciado.

Lo miré entre sorprendido y asustado, sin dudas me contaría alguno de sus complejos; yo tengo bastante con los míos.

Sabe, yo soy un hombre acomplejado mientras hablaba movía la cabeza de un lado para otro igual que yo, también le temblaba la mano izquierda igualito que a mí. Pero no pestañeaba como yo, ni tartamudeaba, ni su respiración era entrecortada como la mía, ni movía el hombro, etc., etc.,… sin dudas yo lo superaba ampliamente.

Es horrible no puedo hablar mucho tiempo con alguien que tenga un tic nervioso porque se me pega, soy tan nervioso me decía él.

Hablaba sin mirarme con la vista fija en el suelo, yo lo escuchaba atentamente, comenzaba a interesarme, nada podía temer de él ya sus traumas yo los tenía, en cambio él de mí… una idea malévola comenzó a surgir en mi cerebro.

Necesito tanto que me den aliento. Dígame algo.

Yo estaba sentado recostado hacía atrás y las sombras cubrían mi rostro, me incliné hacia adelante para que la luz me diera y pudiera ver mi cara.

Si usss ted susu supiera, yo… ta tam tammbien te tengo mi… tra tra trauma y mientras hablaba le guiñaba el ojo intermitentemente.

Vi su rostro palidecer, los papeles se habían invertido, ahora era él quien deseaba echar a correr. ¡Estaba en mi poder!

Mi vi vi da es te te…tete te… Vi en su rostro la más horrible de las desesperaciones. Estaba pálido, yo acentuaba más mis defectos, es mas le di rienda suelta a todos mis tics; mi hombro saltaba, mi cabeza se balanceaba, mis cejas se alzaban rítmicamente al compás del pestañeo. Todo en mi cuerpo era movimiento, intentó pararse pero tomándolo del brazo lo volví a sentar. El pobre, abría los ojos desmesuradamente tratando de no pestañear, estaba rígido, aterrorizado.

Terrible, sssa be lo que es… que que querer ha blar y… no… no po po po der, no usss ted no se se lo i i i ima gina, que querer de decir algo y… No po po der, las pa pa labras no… me me salen Mi respiración era entrecortada, mi voz era desesperada.

…y lo pe peor, a ve ces pi pi… piii… pi pierdo la voz.

Contemplé mi obra, vi como sus ojos comenzaban a pestañear insistentemente. Sonreí satisfecho. ¡Lo había contagiado! Ahora el toque final.

Dí dí game que usss ted cre e de mí, a con séjeme.

Bu buuu… yo… me me me… pa pa…

¡Mi obra! ¡Mi obra maestra! ¡Le había contagiado todos mis complejos!. Le di la mano y me despedí de él.

Bueno a migo he tenido mucho gusto. ¿Po po dría darme su nombre?

Si, yo me lla lla… llaaaaa…

Tuve que hacer un gran esfuerzo para no soltarle la carcajada en su cara.

¡Estaba listo! ¡Liquidado! ¡Mi venganza se había consumado! Me levanté y dejé al infeliz tratando inútilmente de decir su nombre.

Adiós amigo le dije sin tartamudear.

Él abrió la boca pestañeó ridículamente y al final vencido se despidió con la mano, mientras el hombro derecho se le movía inquietamente.

Mientras regresaba a mi casa se me ocurrió una idea: ¡vengarme de todos! Sin dudas yo tenía todos los tics nerviosos habidos y por haber, que podía temer yo, el ser más acomplejado del mundo. Pero ellos también son vulnerables. ¡Humanidad: ahora es mi turno! Los contagiaré, los voy a ir traumatizando uno a uno. No tendré paz con nadie: mujeres, niños, todos sufrirán mi venganza. Ya que no puede ser un ser normal, tampoco ellos lo serán.

Así comenzó mi venganza, me pasaba la vida persiguiendo infelices: hombres tímidos, mujeres inseguras… todos, a todos los fui contagiando.

Hoy hace un día nublado, todo indica que va a llover. Camino por las calles desiertas de este día gris; como siempre buscando a alguien, con una sola idea: ¡contagiarlo! Fue entonces cuando lo vi. Él estaba allí sentado en el muro. Observé su rostro demacrado: ¡una víctima! pensé . Me senté a su lado: el pobre, no sabe lo que le espera.

¿Le pa pasa al go a a migo? el hombre me cogió del brazo desesperado.

Gracias, gracias que usted ha venido, es horrible lo que me sucede.

Me dispuse tranquilamente a esperar que me contara su problemita, que podía decirme este infeliz que no tuviera yo, y después que se prepare.

¿Que le su susu cede?

Usted no sabe lo terrible de mi situación, este maldito trauma.

¿Qué trauma? pensé yo si ni siquiera pestañea.

Hace años que lo tengo continuó él usted no sabe lo que es querer irse y no poder, sentir que sus miembros no le obedecen, que no le pertenecen. ¡Que esta muerto! ¡Muerto en vida!

Por primera vez lo observé detenidamente, no vi en él nada que pudiera preocuparme. Sin embargo, el corazón comenzó a latirme apresuradamente.

Ahora mismo aquí donde usted me ve, no puedo ponerme de pie, llevo cinco horas aquí sentado; me siento entumecido, adolorido y pronto comenzará a llover. ¡Es terrible! Ayer fui a comer a un restauran y cuando terminé no podía levantarme, pasaban las horas, hasta que me echaron, llegue a mi casa a rastras. Otras veces he tenido que pedir auxilio, porque no puedo caminar. Transcurrido un tiempo, se me quita y puedo marcharme, pero me dura horas. Por más que intento ponerme de pie no puedo, no soy dueño de mis movimientos. Yo quiero levantarme, pero no me levanto, tengo que esperar o dar gritos como un loco. Esto es horrible.

De pronto como impulsado por un resorte el hombre se puso de pie.

Al fin, al fin. Gracias amigo, usted me ha ayudado.

El hombre me dio su mano agradecido y se alejó.

Sólo esto me faltaba en vez de contagiarlo, lo había ayudado, ¿y su trauma?… es la primera vez que lo oigo… bueno en fin… parece que va a llover así que debo marcharme, bueno… para qué apurarme, aquí estoy cómodo; además yo no tengo prisa, cuando empiece a llover me levanto y me voy. Caramba, ya empezó a llover, debo levantarme, pero… total esta lloviendo finito, yo no tengo apuro. Está apretando; sí, lo mejor que hago es ponerme de pie; sí, claro voy a ponerme de pie. ¡Voy a levantarme!… ¡Oh, no!… ¡No puede ser!…¡Quiero levantarme!

Caía un aguacero torrencial, estaba completamente mojado, intenté gritar pero la voz no me salía. ¡Estaba solo, abandonado a merced de mis nervios!.

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El infierno

Avanzaba a través de una densa niebla, apenas veía más allá de un paso. Tenía la impresión de que no respiraba, caminaba pero era como si flotara. Un hombre se me acercó y con voz solemne me dijo.

Estás a las puertas del juicio final.

Una enorme puerta apareció ante mis ojos y se fue abriendo lentamente hasta tragarse toda la niebla. Un pensamiento fugaz me pasó por la mente: estaba muerto. No sabía lo que me sucedía. Intentaba recordar, pero era inútil. Me palpé nerviosamente: podía tocarme… no era mi cuerpo lo que yo tocaba, era algo desconocido, podía sentirlo, pero no era mi piel; yo diría que era sólo la sensación de tocarme. La idea de la muerte me llegó en todo su descomunal realismo: estaba muerto, no sabía cómo, pero estaba muerto. La muerte había dejado de ser un sueño para convertirse en una realidad. Cuantas veces soñé con la muerte, cuantas veces grité de terror al caer de un edificio, y cuantas moría de un balazo en la cabeza. Ahora que me llegó la hora, la aceptaba con resignación filosófica: había dejado de existir.

El hombre reapareció nuevamente y me indicó que lo siguiera. Entramos en un salón, no me fue muy difícil percatarme que aquello era un tribunal, comprendí que iba a ser juzgado. Un ligero sobresalto comenzó a invadirme. A una señal del individuo me senté en la primera fila.

Uno de los Angeles, tenía dos alas enormes, comenzó a hablar.

Va a comenzar el juicio final, se encuentran presentes el representante del reino de los cielos, el representante del reino de los infiernos y el representante del reino de la nada. Que comience el representante del cielo.

¡Pecado mortal! ¡No creía en Dios! Jamás fue a misa, no bautizó a ninguno de sus hijos, contrajo matrimonio cuatro veces y ninguno por la Iglesia, además fue infiel. ¡El cielo le cierra sus puertas!

Sus palabras eran secas, cortantes, agudas. Sentía como si me desgarraran las entrañas.

Va a hablar el representante de la nada dijo nuevamente la voz.

Al cielo está claro que no puede ir, no creía en Dios y eso lo invalida. Pero al Limbo, no veo razón para que no pueda venir con nosotros. Se graduó de sociólogo, impartía clases de filosofía, ha escrito artículos. Entendemos que es una mente fructífera. El limbo le abre sus puertas.

¡Protesto! dijo el representante del infierno . El representante de la nada olvida algo. El está aquí porque se suicidó y siguiendo el razonamiento de mi colega, eso lo invalida para ir al Limbo. Sí, porque ese pecador, que esta ahí sentado, renunció a su vida por lo que está muy claro, clarísimo, que no puede ir al Limbo, por muchos méritos que pueda tener.

¿Me suicidé? Eso es absurdo, debe haber un error.

Porque ese hombre se suicidó, iba en su auto a más de 190 Km/h y luego se lanzó por la cuneta.

¿Por qué no recuerdo nada? No sé de qué está hablando.

No veo por qué tiene que ser intencional dijo con voz pausada el representante del limbo . Simplemente patinó.

Simplemente patinó. ¿Patinó?… Se suicidó. Ese hombre estaba cansado de vivir. Ultimamente no deseaba otra cosa y sus pensamientos así lo demuestran.

Estaba pasando por una crisis. Otras veces le había sucedido y la rebasó. Fue sólo su mala suerte que le jugó una mala pasada, no se puede pasar por alto que había llovido y la carretera estaba mojada.

Pero deseaba la muerte.

¡Oh, no! Cómo se atreve a juzgarme por mis pensamientos. Yo he pensado muchas cosas en mi vida que nunca he llevado a cabo. Eso es ridículo. Si me juzgan por los pensamientos creo que hasta el infierno me queda chiquito, porque podrían acusarme hasta de asesino.

No es por sus pensamientos que se le debe juzgar y mientras decía esto me dirigió una mirada tranquilizadora . Si no por el acto de ir a excesiva velocidad por una carretera peligrosa, y en mi opinión no hay tal suicidio. Y no veo la dificultad para que vaya al Limbo.

Yo lo considero culpable de intento de suicidio y no sólo por sus pensamientos. Incluso se lo confesó a un amigo, y cito sus palabras: “He perdido toda esperanza, este mundo no significa nada para mí” y posteriormente escribiría en su diario: “Deseo morir, ya nada me interesa”.

Eso sólo demuestra que estaba muy deprimido y tenía razones para estarlo. Su esposa lo abandonó meses antes…

¿Por qué ella lo abandonó? Porque él la había estado engañando con una de sus alumnas de Filosofía.

No lo discuto. Sólo quiero resaltar sus fracasos y demostrar que tenía razón para estar deprimido. Porque precisamente esa alumna lo dejó por otro profesor más joven que él, esto, unido al divorcio de su esposa, a que su mejor amigo escribió un libro con las ideas que él mismo le expusiera, y para colmar la copa, pierde la plaza de rector por intrigas de otro profesor. Sí, es un hombre con mala suerte. Lo que para otro era fácil a él le costaba grandes esfuerzos y muchas veces otro se llevaba el triunfo. Tenía derecho a estar cansado.

Fue entonces cuando el representante de los infiernos se puso de pie, y comenzó a moverse de un lado para otro, mientras hablaba.

Al paso que vamos nadie irá al infierno, siempre se en¬cuentra alguna razón para enviarlos al limbo; este porque es trabajador, el otro porque hizo carrera, aquel porque era artis¬ta. ¿Y los pecados? ¿Dónde dejan los pecados? ¡Estamos violando las normas establecidas! Ese hombre no sólo es un pecador, sino que es un suicida, alguien que no quiere vivir y a pesar de eso lo vamos a obligar a que reencarne. Se están perdiendo los dignos principios para los cuales fuimos creados. Se están alterando las leyes sagradas. Se está rompiendo el equilibrio y estamos en peligro de crear el caos. ¡Es hora ya de tomar una determinación!

Se somete a votación dijo la voz.

La votación fue muy cerrada. Hubo muchas abstenciones. Pero el veredicto final fue…¡El infierno!

El miedo que hasta entonces sentía se convirtió en ira, comencé a proferir ofensas, estaba cumplido. Terminé desafiándo¬los a todos, incluso a Dios, me volví como loco. Me tomaron por ambos brazos, yo gritaba y forcejeaba. Luego me empujaron y sentí como rodaba por un barranco; daba vueltas chocaba con otros cuerpos, que también caían. Escuchaba gritos que venían de todas partes; mientras rodaba entre empujones y gemidos tenía los ojos cerrados, quería abrirlos pero no me atrevía. Caía en silencio, resignado con mi mala suerte, tropezando con cuerpos desnudos, escuchando sus lamentos, sus gritos de auxilio. Yo estaba cansado, agotado, ya todo me daba igual. Al fin choqué con algo duro y dejé de descender.

¿Y si estuviera soñando? pensé . Esto debe ser una pesadilla.

Alguien me hablaba, al fin abrí los ojos.

Ante mí había un hombre que me miraba sonriente. Era la primera sonrisa que recibía desde que había muerto.

Contrariamente a todo lo imaginado, su voz era dulce, su rostro sereno, su belleza casi femenina. Tenía largos cabellos rubios y grandes ojos azules. Me recordaba más a un ángel que a un…

¿Quién?…¿Quién eres tú? pregunté.

Lucifer.

El dia blo dije con voz temblorosa.

No temas dijo él.

No, por supuesto le respondí tratando de dominarme.

Crees que has perdido el cielo y no es así.

¿Cómo? pregunté desconcertado.

Debes alegrarte de no haber sido enviado al cielo. Ven, ven conmigo.

Como hechizado seguí tras de él. Tenía un paso majestuoso y su figura era solemne, no podía imaginarme que aquel hombre fuera el diablo. “Todo esto es muy raro” pensé.

Nos detuvimos ante un abismo, donde parecía que se terminaba el mundo, no se veía nada, ni sol, ni nubes, nada. Sólo una infinita transparencia que lo llenaba todo, como si estuviera frente a un enorme cristal incoloro.

Ahora vas a ver al cielo y a sus habitantes dijo Lucifer.

El espacio vacío comenzó a cubrirse de colores y figuras.

Es sólo una representación del cielo. Aclaró el diablo.

Un hermoso paisaje se vislumbraba: árboles, flores, hermosos animales, aves de colores.

También en el infierno tenemos paisajes bellos dijo Lucifer.

Apareció una joven rubia de pelo largo. Caminaba cabizbaja, con las palmas de las manos unidas a la altura del pecho y los dedos muy próximos a la barbilla, un joven pasó frente a ella pero ellos parecieron no verse. Siguieron su camino en silencio. Ambos movían los labios, como si rezaran.

¿Qué te parece? me dijo el diablo.

¿Y se pasan la vida así? pregunté.

Su destino es rezar, se pasan su existencia agradeciendo eternamente a Cristo el hecho de haberlos elegido. Ellos creen que se han salvado. ¡Mira!

Todos comenzaron a aglutinarse y a ponerse de rodillas, ante ellos surgió la imagen de Cristo; se escuchaban cantos y oraciones, se veían caras llenas de éxtasis. Aquello recordaba algo así como un concierto de los Beatles ante una multitud de fanáticos.

Se escuchaban fervientes plegarias, mientras ponían los ojos en blanco y suspiraban. Una vez retirado Jesucristo; algunos permanecían aún inmóviles como estatuas, otros lloraban, se supone que de alegría, y no faltaba quienes besaban la tierra por donde había pisado. Después volvían a sus paseos, cabizbajos, en silencio; siempre rezando.

¿Por qué rezan tanto? pregunté.

¿Y qué otra cosa pueden hacer? ¿Sabes lo que hizo ese señor con ellos?

No. ¿Qué hizo?

Los privó de la pasión, los convirtió en seres incapaces de sentir, sólo viven en constante beatitud. No sienten penas, pero tampoco sienten la alegría, son incapaces de emocionarse por nada, ni nadie, ¡son zombies! Ellos sólo aman a ese engreído. ¡Lo veneran como a un dios!… ¡Ese! ¡Ese es el cielo que te cerró sus puertas! Sin embargo el infierno… eso es otra cosa.

¿Y cómo es el infierno? pregunté interesado.

Aquí todo es alegría y placer…

Como sociólogo que fui, hay algo que me interesaría saber: ¿cómo surgió el cielo, el infierno y el limbo?

Originalmente comenzó a decir en tono solemne Lucifer en el universo sólo existía el reino de la nada, el cual estaba poblado por Dios, quien sintiéndose aburrido empezó a crear otros dioses entre ellos Cristo y yo. Según se dice: creó el universo, la vida y todo lo que existe.

¿Cómo, que se dice?

Si, yo jamás he hablado con Dios, ni siquiera lo he visto.

¿Y nadie lo ha visto? pregunté intrigado.

No, nadie.

¿Y Cristo? ¿Tampoco lo ha visto?

Nadie respondió airado.

¿Y dónde vive?

No se sabe, es muy posible que viva en el Limbo.

¿Y por qué no se deja ver?

Se dice que no tiene forma, que es algo etéreo… en realidad sabemos muy poco. Como puedes ver, con respecto a él somos tan ignorantes como los mortales.

Se hizo un corto silencio y después Lucifer continuó.

Cristo, decidió crear el cielo, como recompensa a los buenos, yo al principio lo apoyé. Pero con el tiempo descubrí la monstruosidad de su obra. Me di cuenta que esa no era la recompensa que los mortales necesitaban y decidí crear el verdadero paraíso; un mundo de placer y felicidad, donde no existiera la miseria y que todos fuesen libres, libres de hacer lo que le plazca; y entonces fue que creé ¡el infierno!

Pero…¿entonces? porque siempre nos han mostrado el Infierno como algo malo.

Eso fue idea de Cristo, como para entrar en el cielo se pedían tantos requisitos, su reino siempre estaba vacío. Las criaturas puras y perfectas no existen. Entonces decidió el mismo predicar sus doctrinas bajo el nombre de Jesús, pero lo que hizo fue difamar sobre mi y crear iglesias para ganar devotos. El fue quien levantó todas esas calumnias contra mí y mi reino.

¿Y el Limbo?

Bueno, en realidad… inicialmente todos iban para el Limbo hasta que surgió la idea de crear el cielo para los “perfectos” y como Dios dio su aprobación a través de un mensajero, nos dimos a la tarea de crear el cielo. Como te dije, poco después yo desistí de esa idea y propuse la creación del infierno. Pero ahí estaba el problema; como al cielo iban los santos y al Limbo los normales y como el Limbo lo atiende Dios, no me quedo mas remedio que pedir para mi reino a los… indeseables. Pero eso no importa, aquí todos son felices, y tú también lo serás. No tendrás que trabajar más, dormirás hasta la hora que se te antoje, comerás cuanto quieras sin temor a engordar, jamás te pondrás viejo, no padecerás de ninguna enfermedad, tendrás cuantas mujeres desees; aquí no hay imposibles. Te aseguro que serás eternamente feliz.

Sin dudas pensé . ¿Podría alguien desear algo mejor, ¿no era este el sueño de toda la humanidad? Esta era la verdadera gloria, no aquel paraíso lleno de beatitud. Esto si era vida, una vida plena de sensaciones, una vida intensa, llena de placer.

Además la voz bien timbrada de Lucifer truncó mis pensamientos podemos simular, los lugares de tu vida anterior que más te han gustado; cabarets, restaurantes y hasta lugares que en vida nunca llegaste a visitar y otros con los cuales ni soñaste. Te repito aquí nada es imposible; aquí nada está prohibido. Eres libre; libre de hacer cuanto desees. No existen leyes, ni inhibiciones de ningún tipo. ¡Un mundo completo de emociones y goces, te espera!

Fantástico, quién me lo iba a decir: poder hacer cuanto me plazca, dirigir mi vida a mi antojo, disfrutar de la vida a plenitud. Esta vez me di cuenta que el diablo, perdón Lucifer, iba a decir algo y detuve mis euforicos pensamientos.

Dime tu primer deseo y será cumplido.

Pensé por algunos minutos y al fin dije.

¡Recorrer el infierno!

El diablo me miró asombrado, como si fuese el primero en toda la historia del infierno, que pide semejante cosa.

Eso es imposible, mi reino es enorme.

Bueno… entonces; recorrer una parte. Tengo gran interés en saber como se vive aquí, sobre todo a los que llevan muchos años. Ver qué hacen.

Me dio la impresión que su rostro palideció, me miraba confundido. Sin dudas, no estaba preparado para semejante deseo.

¿Por qué primero no descansas o te diviertes un poco?

Siempre tuve fama de testarudo por eso insistí.

No, sólo deseo conocer cómo se vive en el infierno.

¿Por qué? Me preguntó en voz baja, mientras sus expresivos ojos me miraban inquietos.

Tal vez porque soy sociólogo, bueno quise decir, porque fui sociólogo.

Sentía como sus pupilas, fijas, rastreaban mi alma. Heróicamente sostuve su mirada sin pestañear.

Está bien, si ese es tu deseo dijo gravemente.

Comenzó a enseñarme mujeres muy hermosas, alegres, con ropas muy ligeras; que al verme me sonreían y me invitaban a beber. Mi fina intuición me hacía sospechar de todo aquello: tenía la impresión que Lucifer trataba a toda costa de desviarme de mi objetivo. Habían mujeres para todos los gustos, bebidas de todos los tipos y todas las marcas de cigarros conocidas. Me acordé de Ulises cuando escuchaba el canto de las sirenas, me sentía igual, sólo que yo no estaba amarrado. Mis ojos se cruzaron con unos ojos negros, misteriosos, suplicantes. Pensándolo bien podía quedarme con ella un rato y luego seguir; pero no, ese era el canto de las sirenas, era una prueba que tenía que vencer.

Recorrimos ciudades antiguas y modernas, países hermosos, grandes cabarets y unos espectáculos jamás imaginados.

Mira a tu alrededor, todo es felicidad. ¿No te da envidia?

Hasta este momento no tenía la certeza de lo que quería. ¡Ahora si! Sabía lo que me proponía.

Sí, parecen felices. Pero no es esto lo que yo quiero saber.

¿Qué quieres saber? Aquí lo tendrás todo. ¿Qué más puedes desear?

Tú lo sabes, quiero conocer a los más viejos, a los que llevan miles de años en el infierno.

No puedo negarme a tu deseo, pero si pudiese me negaría. No tiene sentido lo que pides.

Quiero saber cuál será mi destino.

Esta bién… esta bién.

Pasamos delante de un grupo de hombres que estaban dándose golpes unos a otros. Uno de ellos cayó al suelo y los demás se lanzarón sobre él como perros rabiosos y le desfiguraron el rostro a patadas.

¿Qué es esto?

Juegan dijo Lucifer arqueando las cejas.

¿Juegan?

¡Si! Juegan. Ellos son felices así, descargando su violencia.

Se hizo un corto silencio.

Sigues insistiendo en recorrer el infierno.

Sí.

Cometes un grave error. Te pesará.

Por un momento dudé, sentí miedo de lo que estaba haciendo, tal vez después me arrepentiría. Pero ya era demasiado tarde. La duda estaba en mí. Tenía que continuar.

Mira, estos son los que más años llevan aquí.

Ante mí había un hombre semidesnudo amarrado, mientras otro pegaba un hierro candente a la piel del infeliz que daba terribles alaridos.

A ese hombre lo están torturando exclamé horrorizado.

Estás equivocado, no es lo que estás pensando.

El diablo hizo una seña y el hombre suspendió las torturas, el que estaba amarrado dejó de gritar, alzó la cabeza miró a su verdugo y le increpó.

¿Por qué te detienes?, sigue, sigue…

Y a otra seña de Lucifer continuó la tortura.

Estaba confundido todo aquello era tan absurdo.

¿Quieres seguir?

Sí respondí mecánicamente.

Llegamos a una piscina de la cual salía un olor fétido no fue difícil darme cuenta del contenido , que me produjo náuseas; me tapé la boca y la nariz, y me fui de allí tan pronto como pude.

Había dado algunos pasos cuando sentí los gritos desesperados de una mujer, alguien la tenía encerrada en un cuarto y ella espantada golpeaba la puerta y gritaba, me lancé sobre la puerta y la abrí. Ella salió temblorosa dio unos pasos tambaleantes y cayó sin fuerzas, temblaba de miedo, de sus ojos brotaban gruesas lágrimas, en su rostro deformado se podía ver la huella del mas profundo terror. Me lanzó una mirada extraviada, trató de decir algo pero los sollozos no la dejaban, poco a poco se fue reponiendo, al fin se puso de pie y luego de lanzarme una mirada iracunda se me vino encima en actitud agresiva, mientras forcejeaba conmigo, me gritaba múltiples ofensas. Lucifer tuvo que intervenir y explicarle que yo era nuevo y otras cosas mas para poder calmarla.

Realmente no me asombró lo sucedido casi que lo esperaba. Le pregunté a Lucifer que hacía esa mujer encerrada en ese cuarto.

Ella en su vida anterior le tenía terror a los insectos. Y ahora se hace encerrar en un cuarto en penumbras para que le vayan soltando por las hendijas cucarachas voladoras, alacranes, arañas peludas, etc.

Pero… ¿Por qué lo hacen?

Ellos son felices así.

¿Felices? ¡Son felices torturándose!

Parece que sí.

¿Parece?… Eso no puede ser.

Te lo advertí. Yo no quería…

¿Qué es lo que sucede?

Nada, ellos gozan con eso.

¿Gozar con eso?… ¿Y siempre se han comportado así?

No, al principio se divertían normalmente, pero según pasa el tiempo…

Después de un corto silencio continuó.

Nada de esto fue premeditado, nunca imaginé que pudieran suceder estas cosas. Mi interés era sólo que fueran felices. Que gozaran de las cosas que en vida no pudieron tener. Que no existiera la muerte ni la enfermedad, ni la miseria. Pero ya ves algo falló. ¿Tu no eres sociólogo? Saca tú mismo las conclusiones. Ahora descansa, ya por hoy has visto demasiado.

Sí, lo mejor era descansar. Hubiese sido mejor no saber nada. Pero… ¿Por qué terminan degradándose? ¿Cuál era la razón de esas horribles torturas? Tenía que descubrir el motivo, tal vez no me serviría de nada, pero necesitaba saber la verdad… La verdad.

Según el diablo, al principio se divertían normalmente, pero, con el tiempo… El pretendía que tuvieran todas las comodidades. ¿Que ocurriría cuando lo hubieran alcanzado todo? ¿Cuando lo hubieran probado todo? La preocupación no existe. No hay enfermedad, ni miseria. Además son inmortales. Sólo viven para el placer.

Respiré profundo, ahora todo se empezaba a aclarar. Ellos vivían para sí mismos. El diablo había creado un paraíso para seres egoístas, donde no existía el trabajo, ni el esfuerzo por la superación personal; era una vida fácil para personas sin ideales y teniendo en cuenta que al infierno no iban los mejores exponentes de la especie humana, sino más bien los peores, no era difícil una degradación paulatina. Además era un mundo donde el porvenir no existía; sólo días de placer, a la larga días iguales, que se repetían hasta el infinito, hasta agotar toda la gama de sensaciones posibles y producir el hastío de aquella vida inútil.

Ahora el problema estaba en que yo sabía lo que me esperaba, y no quería ese destino para mí. Ese era mi problema. Me pasé toda la vida tratando de encontrar mi propio camino, pero siempre terminaba en una barra “matando penas”. Así me evitaba el tomar alguna decisión ese día. Pero y al día siguiente: ¿qué? Vuelve a darle vueltas al asunto. Mujeres, fiestas… con eso sólo lograba evadirme… Mi vida ha sido una farsa, un engaño, como este infierno infeliz.

No sabía qué hora era, desde que llegué perdí la noción del tiempo. Estaba cansado: me dormí.

Han pasado tres noches desde entonces. El diablo vino a verme.

¿Qué piensas hacer ahora?

¿Puedes enviarme para el Limbo?

¿Para el Limbo?

Una leve sonrisa apareció en el rostro de Lucifer.

Es que hay algo que tú no sabes, el Limbo es un estado de transición. Allí descansan las almas que van a volver a reencarnar: otra vez a la vida, a sufrir como un mortal. ¡Entiendes! Volverás a sufrir enfermedades, miserias. Volverás a nacer y volverás a morir. ¿Aún así quieres ir al Limbo?

Sí.

Volverás a nacer.

Eso… eso es lo que quiero. ¡Volver a nacer!

No recordarás nada de tu vida anterior, tendrás que aprender de nuevo, ir a la escuela, trabajar, sufrir.

Lo sé.

Está bien, quizá sea una sabia decisión. En realidad mi reino no es lo que yo deseaba; tanto Cristo como yo, quisimos crear un reino más perfecto que el Limbo; pero parece que fracasamos.

Lucifer cogió el tridente, que es el símbolo del infierno, y me apuntó con él.

¡Quedas expulsado del infierno!

Me vi envuelto por una densa niebla. Me sentía flotando en el espacio, mientras una extraña sensación se iba apoderando de mí; era como si la mente se me fuese diluyendo en un enorme océano. Todo mi ser se iba desintegrando, lentamente me iba convirtiendo en nada. ¡Volveré a nacer! Fue lo último que pude pensar antes de ser absorbido por la nada.

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Bahía dormida

Contempla la bahía, amanece en el puerto. A lo lejos se escucha el pitazo de un barco. Un círculo asoma su cabeza roja por el horizonte. La luz del alba se reparte por todo el puerto y sus rayos encienden las chimeneas de los barcos, mientras un humo gris se eleva hasta el cielo. La loma le sirve de mirador y su vista puede alcanzar toda la bahía: el mar sereno, los barcos inmóviles, el silencio de la mañana; todo conspira para que un sentimiento de soledad se adueñe de su ser.

Observa desde lo alto aquel mundo desconocido, su mirada siempre descubre algo nuevo, y lo que más le sorprende, en ese día, eran aquellas casas de madera que parecían flotar sobre el mar: “¿que lugar será?, ¿en que siglo estaré?” Sus pensamientos se detienen. Recuerda porque se encuentra allí. Siente su presencia. Mira hacia todas partes nerviosamente: está ahi. Hecha a correr, guiada por una voz interior que la impulsa a evitarlo. Corre loma abajo, sobre una estrecha acera, jamás había descendido una pendiente y mucho menos corriendo; cae y rueda, se sale de la acera y se da un tremendo golpe contra uno de los extensos escalones de ladrillos, de su garganta escapa un grito de dolor… Despierta.

En la pantalla de la computadora apareció un mensaje:

CONTACTO INCONCLUSO.

Se quitó bruscamente el cintillo de la frente. Examinó sus brazos: no tenía un sólo rasguño. Observó la pantalla.

“¿Qué significado podía tener ese sueño? ¿Quién era él? ¿Por qué siempre aquel puerto?”

Nunca supo quién le envió aquel equipo. Un día tocaron a la puerta y le dejaron una caja, en la que venía una computadora, eso fue lo que ella creyó al principo, y una nota que decía: Esto es un inmersor de mundos virtuales, conéctalo a tu computadora y luego ponte el cintillo en la frente: te espero.

Aquella nota le causó una profunda impresión. Permaneció días sin atreverse a tocar aquel objeto. Al fin, un día lo hizo, y desde entonces lo ha estado repitiendo, siempre con el mismo resultado: aquel mundo desconocido y ese hombre que la perseguía arrojándola a un final trágico: caerse por un barranco, estar ahogándose, verse en un bote a la deriva. Esta última fue la que más le impresionó; nunca antes había montado un bote; la sensación fue tal que estuvo horas vomitando. Después de cada susto, se pasaba meses sin querer saber nada del inmersor, pero un impulso enfermizo la arrastraba a ponérselo nuevamente.

Había algo en aquel mundo que la cautivaba. Pensó en el hombre, el espíritu solitario que animaba esos sueños, en el miedo que le infundía. “¿Por qué no intentar hablar con él?”. En su subconsciente, sentía sus ojos tristes clavados sobre ella, tratando de escudriñar en lo más profundo de su ser: le temía. ¿Cómo resistir su mirada? ¿Era posible hablar con él, sin contagiarse con su nostalgia?

Presentía que ese hombre había vivido en aquel pueblo, en alguna de esas viejas casas despobladas, escuchando las historias de los hombres de barbas blancas, de piel quemada por el sol y de profundas arrugas en el rostro. Y por algún sentido extrasensorial, percibía sus huellas en cada calle polvorienta, en cada línea de ferrocarril, en cada bote tendido al sol; se preguntaba si existía algún lugar que él no hubiese pisado o tocado. Ese era su mundo con su olor singular: a sal, a caracoles, a aliento de peces.

Debía distraerse, no podía seguir preocupándose por aquella tontería. Decidió ir a la fiesta del club y olvidarse del maldito aparato. ¿Cuantas veces deseó desaparecerlo? Sin embargo, esa cosa seguia ahí, en su cuarto, en el mismo rincón de simpre; oculto a todas las miradas. Pero lo más extraño en ella, era el obstinado silencio que guardaba con respecto al equipo; nadie, absolutamente nadie conocía de su existencia.

¿Qué ropa me pondré?

Estuvo horas frente al ropero sin saber qué ropa escoger: “Este no me queda bien, este otro lo usé recientemente…”. Comenzó a molestarse consigo misma. “No se qué hacer. ¿Por qué seré tan desdichada?… No iré a ninguna parte”. Comenzó a llorar. Sabía que aquello no era motivo, pero sentía unos deseos incontenibles de llorar, y derramó lágrimas por todos los muertos; por los que fuerón y ya no son; por los que debían ser. El sueño la sorprendió llorando… Dormida.

He venido a tu mundo a pedirte que no me huyas. Necesito hablarte. Ven a mi mundo y escúchame.

Ella despertó asustada, contempló el cuarto vacío.

“Estuvo aquí, sé que era él. Me estoy volviendo loca. Fue sólo un sueño”.

Miró al reloj, eran la nueve de la noche.

“¿Y si hablara con él? No me va a pasar nada. Tengo que saber de una vez qué quiere de mí”.

Se colocó el cintillo en la frente y cerró los ojos, y quedó dormida.

Camina por una calle estrecha, hay casas de madera a ambos lados: parecían deshabitadas. El viento sopla frío, se sorprende, era verano. Y con mayor sorpresa aún, observa el cielo gris de aquella mañana invernal; siente frío y cruza ambas manos sobre su pecho, no lleva abrigo.

¿Por qué me hace esto? se pregunta en voz baja.

Pero nadie responde, sólo aquel profundo silencio, roto por el silbido nostálgico de algún barco cansado, que desea partir. Respira y siente ese olor peculiar. Presiente que está cerca. Se detiene desorientada, no sabe hacia dónde queda el mar. Se frota los brazos, no puede contener el temblor de los labios.

¿Qué quieres de mí?

Hecha a correr por las calles desiertas.

Maldito, maldito…

Atraviesa una línea de ferrocarril y recuerda que en una de sus inmersiones había estado allí. Ahora sabe que el mar está cerca. Siente los rayos del sol calentar su cuerpo. Mira al cielo agradecida, y ve al círculo amarillo abrirse paso entre las nubes; cierra los ojos, la luz la ciega; el aire frío deja de soplar; respira profundo, deja que sus pulmones se llenen de ese olor: frente a ella está el mar. Camina hasta un pequeño muelle. Presiente que aparecerá de un momento a otro. Al fin lo ve, estaba de espaldas, sentado en un muro, mirando hacia el mar. Se le acerca lentamente, se detiene detrás de él.

El sin volverse:

Este es mi puerto. Aquí viví hace más de cien años. Por estas calles corre mi sangre. Cada árbol que veas, recuerda que yo lo regué: de niño con el sudor de mis juegos, de adulto con el dolor de mi amor. Aquí dejé mis sueños, ahora son sólo fantasmas que traspasan las puertas de las casas deshabitadas y se sientan en un viejo sillón a esperar que llegue la luz de un nuevo día.

Su voz deja de escucharse, ve como las olas rompen contra el muro y lo salpican, también la alcanzan a ella. El no se inmuta, está acostumbrado a que el mar lo moje. El silencio se prolonga, se llena de valor y…

¿Qué quieres de mí? el temblor de su propia voz la sorprende.

Esa bahía que tu ves, ya no existe. La civilización la destruyó: contaminó el mar, destruyó los árboles, demolió las casas… Ahora es sólo un sueño, que viene desde un pasado dormido y espera por ti para que le des vida.

¿Por qué yo?

¿No lo recuerdas?

Y sin decir más se lanza al mar y nada hasta un bote que parece esperarlo, coge los remos y sin volver el rostro:

Todo esto es tuyo: te dejo mis barcos, mis calles, mi mar, mi bahía… ¿Llegarás a revivirla?

No te entiendo.

Se aleja sobre el mar, empujado por las olas; se aleja hasta salir por la desembocadura de la bahía, hacia el mar abierto.

Ni siquiera pudo ver su rostro. Sin embargo siente su mirada sobre ella, de alguna forma cree haber visto sus ojos, como si en algún momento de su vida se hubiesen encontrado.

Ahora está sola, su vista se clava en la bahía; ve como los peces de plata saltan fuera del mar y vuelven a sumergirse, sonríe. Avanza decidida hacia el muelle. Era un muelle de madera, parece no resistir su peso, aún están frescas las pisadas, hasta hoy no se había atrevido a subirse en él; sabe que nada puede pasarle. Avanza con los brazos abiertos, como si caminase por una cuerda floja, unos animalitos pequeños con muchas patas huyen al verla; ella se asusta, titubea unos segundos, no conoce que animales son (ignora que son jaibas), no tiene por qué asustarse. Siente deseos de aprender, de conocer aquel mundo. Ve a los animalitos descender por los troncos que sostienen al muelle, le llama la atención como mueven sus muelas. Luego observa las sogas amarradas al muelle, que sujetan a los botes, cada uno de ellos con un nombre escrito en la popa casi siempre nombres de mujer ; le gusta comtemplar su balanceo sobre las olas, a ella le parece que danzan al compas de la marea. Uno de ellos le llama poderosamente la atención: un bote azul que en letras doradas tiene grabado su nombre.

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Cazadores de imagenes

Avanza sigiloso por las calles, oteando cada esquina: a veces desciende un poco para observar algo, nada importante, y se eleva nuevamente en busca de mayor visibilidad: las calles están desiertas. Comienza a girar sobre sí mismo. Al fin divisa a un hombre tendido en el piso, desciende hasta pegarse a su cara: es un borracho, nada interesante. Sube, se remonta por encima de los edificios sin rostro, las ventanas cerradas; ni un solo sonido. A lo lejos divisa otra esfera. Se trasmiten mutuamente: es un canal rival, se corta todo contacto y cada cual continúa su camino en busca de alguna noticia sensacional que conmocione a todos y que reporte grandes ganancias.

Envié otro guión para FamaVideo y no me lo aceptaron, ¿qué tengo que hacer para que me lo acepten?

La madre no lo escuchaba, su mirada recorría la pantalla de la computadora revisando las ofertas del servicio de restaurantes a domicilio. Contemplaba el decorado de los platos: “Éste parece sabroso”. Presionó el teclado, y se recostó hacia atrás satisfecha, ahora sólo tenía que esperar unos minutos hasta que llegase el pedido al área de recepción, donde el manipulador de alimentos se ocuparía de preparar la mesa, por supuesto que al estilo del restaurante escogido, lo cual requería de cierta ambientación y de un pago adicional, era como comer fuera sin salir de casa. Lo cual le encantaba…

Mami, no me escuchas.

Ella observó a su hijo: “cómo ha crecido, ya casi es un hombre. ¿Qué edad tiene ya? Deja ver…”. Consultó a la memoria de la computadora: “¡Dieciséis años! Yo no sé por qué no engorda. Le preguntaré a Sofía si su hijo también está tan delgado, hay que hacer algo para que engorde…”.

No vale la pena hablar contigo, tú no escuchas, nunca escuchas.

El joven encendió la pared pantalla y se conectó con la transmisión en directo del programa “La ciudad al desnudo”. En la pantalla aparece el tele reportero, esa esfera tan familiar en la vida de todos, y que luego de rotar varias veces, se aleja a gran velocidad. Las oscuras calles quedan al descubierto, la cámara implacable se desplaza, está a la caza de imágenes: Allí estaba la imagen buscada, un hombre se movía entre las sombras. El joven se recostó hacia atrás y se aferró a los brazos de la butaca, era el hombre lobo. Le decían así porque utilizaba unas guantillas terminadas en forma de garras con las cuales desgarraba el cuello de sus víctimas.

Otra vez viendo esa porquería.

El joven no se inmutó, era su padre con la misma cantaleta de siempre.

¡Cuántas veces te voy a decir que todo eso es mentira!, que nada de eso sucede en realidad. Hace tiempo que esa información dejó de ser fidedigna. Esos malditos satélites rastrean la ciudad constantemente y como no encuentran ninguna noticia sensacional, la inventan. Sólo “Canal real”, que es el oficial, trasmite con cierto realismo, y para eso funciona tan sólo dos horas al día. ¿Sabes por qué? Porque en las calles no ocurre nada, ¡Nada! Lo que estás viendo son filmaciones falsas, videos elaborados por gentes sin escrúpulos, que pretenden mantener a los tontos sentados el día entero frente a la pantalla haciéndoles creer que esas cosas suceden allá afuera. Hace años que todos los canales están falseando la realidad, a partir de aquellas primeras tomas de violaciones y asaltos en vivo trasmitidas por “Canal real”, surgió una explosión de violaciones, asesinatos, robos… Y lo peor es que tienen a la población asustada…

Tú sólo repites lo que dice tu amigo el científico.

Yo no repito nada, y si lo repito es porque es verdad. A ver, ¿cómo tú crees que ese asesino puede estar circulando libremente por la calle sin que la policía lo capture?, y sin embargo, una esferita esta detrás de él filmando todo lo que hace. ¿No es absurdo?

Ahí está el justiciero azul gritó el muchacho emocionado éste es el fin del hombre lobo.

Tonterías, sólo esto me faltaba, tener un hijo retrasado mental y se alejó dando un resoplido en busca de su esposa.

La encontró en el cuarto, pero era como si no estuviera, tenía puesta aquella careta con los dichosos guantes, ella movía su mano enguantada como si cogiera algo, después parecía examinarlo detenidamente, y hacía como si lo colocara nuevamente, volvía a coger otro lo examinaba y pasaba suavemente la mano que descendía sobre el aire.

“Ahora era imposible hablar con ella, debe estar en alguna tienda de ropas haciendo sus compras virtuales”.

Ya se iba a ir cuando escuchó un gemido, vio a su esposa alzar sus manos enguantadas, su cuerpo temblaba sin parar.

¡Eh!, ¿a ti qué te pasa?

Pero ella no podía escucharlo

¿Qué te sucede? Volvió a gritarle.

Ella cayó sobre el suelo como empujada por alguien, y se puso bocabajo con las manos sobre la nuca. El se precipitó sobre la computadora y la desconectó, luego se acercó a su esposa y le quitó los espejuelos, sus ojos azules se movían inquietos hacia todas las direcciones, luego la despojó de sus guantes, ella se abrazó a él temblando.

¿Qué te sucedió?

Unos ladrones entraron armados a la tienda y dispararon sobre el guardia y…

También tú crees esas cosas. Te han tomado el pelo, eso que tu viste es tan sólo un programa alterado, es parecido a los virus informáticos, eso es, son como una especie de virus que le han introducido a los sistemas de realidad virtual, y no son mas que delincuentes virtuales o asesinos informáticos…

Ah, esos son los asesinos informáticos.

Siii, pero en realidad no son más que programas elaborados por algún experto con fines comerciales, detrás de eso está la creación de nuevos mercados, por ejemplo ya están a la venta los policías informáticos, que no son más que vigilantes que se ocupan de evitar que esos delincuentes virtuales penetren en el sistema. Por cierto que debes reportarlo no vaya a ser que estén instalados en tu computadora.

¿Tú crees?

Seguro, te aconsejo que llames cuanto antes, si no quieres pasar otro susto.

El muchacho estaba aburrido y se puso a mirar algunos de sus videos, transformaciones hechas, cuando niño, a través del software AutoVIDEO. Allí estaba convertido en Tarzán saltando de una rama a otra, aunque era su rostro actual, entonces tenía diez años, no era ni por asomo su cuerpo. En aquella época él utilizó un programa convertidor que tomaba su biotipo actual y lo convertía en un adulto, por supuesto que su físico era demasiado enclenque por lo que recurrió a otro programa, Sansón el cual después de analizar su estructura ósea y sus músculos, lo sometía a un intenso sistema de ejercicios, hasta transformarlo en un joven atlético. Ahora sólo faltaba sustituir al héroe de la película por su propia imagen computarizada.

Desde entonces fue Tarzán, Superman, Batman… Pero todo aquello pertenecía a su infancia, eran fantasías de niño. Ahora quería algo más real. Contempló su imagen en la pantalla y se admiró de esa corpulencia que nunca llegó a alcanzar por más ejercicios que hizo. Aunque es justo reconocer que jamás llevó a cabo un plan sistemático de ejercicios, siempre careció de voluntad para dedicarse a algo en serio.

Mira Patricio, las cámaras están filmando nuestro barrio, ven para que veas las calles en vivo. Mira, está lloviendo.

¿Lloviendo? A lo mejor sale el asesino de la lluvia. Siempre que llueve torrencialmente aparece dijo el joven mientras se ponía de pie y salía deprisa para la sala.

Bueno no es un aguacero, lo que se dice un aguacero… Está apretando la lluvia, escucha los truenos. Ahora sí, tremendo aguacero.

El padre también corrió hacia donde estaban ellos.

Al fin cometieron un desliz, el observatorio anunció que hoy no llovería. Son unos farsantes.

Una figura con un impermeable oscuro se movía por las calles.

Ahí está gritó el joven.

Ese es… el asesino de la lluvia dijo la madre sumamente impresionada.

No sean idiotas todo eso es mentira, no puede estar lloviendo.

¿Cómo puedes estar tan seguro? preguntó la mujer.

Vengan conmigo les voy a demostrar que todo eso es mentira. Vamos a ver la ventana del fondo, la que da a la calle.

Ambos salieron detrás de él, el joven lanzó una última mirada a la pantalla: el asesino estaba detenido, hundió ambas manos en el impermeable y comenzó a silbar aquella tonadilla…

El padre apretó un botón y apareció una ventana de forma ovalada. No pudo evitar dar un salto hacia atrás: sobre el cristal golpeaban gruesas gotas.

No puede ser…

El joven corrió hacia la sala, la madre detrás. Ella lanzó un grito de horror. El asesino estaba caminando por el frente de la casa.

Esa lluvia es mentira gritó el padre furioso.

Entonces, por qué no abres la puerta y sales a la calle y te cercioras le dijo el hijo en tono desafiante . Mira ahí está, si sales podrás verlo. ¡Vamos sal! ¡Él está allá afuera!

El agua caía a chorros sobre su sombrero, calado hasta las cejas. Sus enormes ojos inexpresivos se abrieron desmesuradamente y un brillo esquizofrénico iluminó su rostro y sus labios se plegaron en una larga sonrisa, aquella enigmática sonrisa que le helaba el alma a los televidentes: ya tenía un plan, sacó su mano del bolsillo, un objeto metálico resplandecía en su mano izquierda. Comenzó a caminar de manera resuelta. La puerta de la casa le quedaba a sólo pocos pasos.

Viene para acá gritó la madre, y se abrazó al hijo.

Esto es una broma de mal gusto, voy a llamar a la policía.

El teléfono no funcionaba.

Míralo ahí, viene a matarnos gimió la mujer sin soltarse del hijo.

Pero… Ya, esto es el colmo. ¿Qué pretenden?, asustarnos. Mañana me voy a quejar a la policía. Mañana van a ver…

Afuera, alguien tocaba a la puerta.

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Zaida

Siempre acostumbro venir aquí, a evocar su recuerdo, a contemplar nuestro mar; donde ella descansa. En este lugar la encontré y aquí mismo, desde este promontorio, la arrojé al mar. Sí, la arrojé al mar. Yo no quería. No sé cómo pude volver para cargarla… Cerré los ojos para no verla y traté de imaginármela como era, tan hermosa. La dejé caer en la parte más profunda, tal como ella lo deseaba. Desde entonces no he dejado de pensar en ella.

Todo fue tan breve, como una ilusión; si no fuera por los cuadros pensaría que lo soñé. Pero quedan los cuadros; donde aparece ella, tan viva, tan real. Antes de conocerla carecía de voluntad para pintar; abandonaba todas las obras siempre a medias. Necesitaba de alguien que me alentara, que le diera sentido a mi vida, y esa inspiración me la dio ella: Zaida.

Caminaba cerca de los arrecifes, entre los afilados dientes de perro, como cada tarde, hasta que el sol comenzaba a precipitarse sobre las aguas. Buscaba, entonces, mi lugar preferido, dos prominentes rocas que soportaban de lado a lado una gruesa tabla; ahí me sentaba yo, y me sigo sentando aún, a contemplar los colores del crepúsculo, a soñar; dejaba volar mi fantasía, fantasía de un hombre solitario, de un artista fracasado.

La fantasía más común en mi, la que siempre trate de reflejar en mis cuadros, era el mito de Venus emergiendo del mar. La veía caminar sobre las olas con sus cabellos sueltos, ondulando sobre el aire: la diosa venida del mar, con los caracoles aún enredados en su pelo negro, cubierto su cuerpo de arena. Así quería pintarla yo; pero entre el pensamiento y la acción, existe un pasadizo oscuro, rodeado de abismos y es tan fácil caer desde la altura de los sueños y extraviarse por el sendero de la locura.

Por aquel entonces me encontraba abatido. Había perdido toda esperanza. Ya no esperaba nada del mundo, sólo esa honda nostalgia, esa larga soledad ante el inmenso mar: nada despertaría mi desencantado espíritu. Así pensaba yo. No podía imaginarme que cuando la tarde expirara y la oscuridad comenzara a adueñarse de mi alma, aparecería aquella luz, que vendría a cambiar mi vida. Y esta parte, la más fantástica e increíble, es la que me dispongo a contarles.

Mi vista estaba fija en el mar, casualmente en el punto, donde una tenue luz comenzó a surgir de las aguas, iluminando la incipiente noche: un objeto brillante emergía del mar. Tenía la forma de una concha gigantesca, al menos eso me pareció. El mar se había calmado y dejaba que aquella cosa flotara suavemente sobre sus aguas. Observé, cómo comenzaba a abrirse dejando ver una ranura de la cual brotaba una luz amarillenta que me cegó, y me obligó a cerrar los ojos. Cuando los abrí nuevamente, vi cómo la luz se dirigía hacia la parte más alta de los arrecifes formando un puente con la concha.

Fue entonces, cuando del interior salió una mole oscura y comenzó a avanzar sobre la luz: era un animal monstruoso. Tenía dos ojos redondos y abultados, como los de un sapo, su cabeza era lisa y la piel negra. No tenía una figura definida, a veces se alargaba como una enorme serpiente , otras se encogía y aplastaba como una gran medusa. Daba la impresión de algo blando, gelatinoso.

De pronto aquella cosa se detuvo y se alzó tomando la forma de un gigantesco pulpo negro, a la vez que su diabólica figura se iba estirando caprichosamente. Se volvió hacia mi; el monstruo me había visto y me miraba fijamente con aquellos voluminosos ojos grises. Traté de escapar pero caí y perdí el conocimiento.

Cuando volví en mí, ella estaba allí, con su pelo negro y lacio, sus ojos, entre azules y grises; con aquella mirada penetrante que me llegaba hasta lo más profundo del ser. Ella dejó de mirarme y sentí un ligero mareo, acompañado de una sensación de vacío. Al fin me repuse.

—¿Quién eres? —le pregunté.
—Vine en esa nave que tú viste.
—¿Y el monstruo?
—No es un monstruo. Es un animal inofensivo que utilizamos como rastreo, es muy sensible a los cambios, por eso lo hacemos descender primero; si no le ocurre nada, es que no hay peligro.
—¿Y la nave?
—Se ha ido.
—¿Y tú…?
—Yo me quedé, necesito tu ayuda.
—¿Mi ayuda?
—No sé a dónde ir, además nadie debe verme… ayúdame.

Vi en sus ojos grises esa tristeza, esa infinita melancolía que de alguna forma me era conocida.

—Te llevaré a mi casa. ¿Quieres?
—Sí, pero quiero pedirte algo, nadie debe verme, ni siquiera conocer que estoy aquí.

Yo asentí con la cabeza, ella subió al auto, salimos a la carretera. Había un grupo de niños jugando en la calle, a través del espejo, vi como ella se ocultaba. ¡No quería que la vieran! Me preguntaba entonces ¿por qué?

Cuando llegamos a la casa, me pidió que cerrara todas las ventanas, y que no abriera la puerta sin antes avisarle para darle tiempo a esconderse. ¿A qué le temía?

Yo tenía una ventana que daba al mar, desde allí veía si había oleaje, si variaban los tonos de azul o si pasaba algún barco; ella me pedía que la cerrara, que dejara de ver ese mar, de respirar su brisa. Pero lo que yo no sabía era, que al cerrarla, estaba abriendo otras ventanas desconocidas.

Pronto me acostumbré a estar encerrado, había perdido todo deseo de salir. En ella todo era enigmático: sus ojos grises, a veces inexpresivos, otras centelleaban y se encendían con luces azules, y su voz tan suave y melodiosa que parecía venir de todas partes, que me estremecía. Zaida. Ése era su nombre, aunque, jamás tuve que utilizarlo. Cuando pensaba en llamarla, ella aparecía al momento; claro, leía mis pensamientos. Nos pasábamos las horas hablando. siempre se las ingeniaba para que la conversación girase en torno de mi vida. Con el tiempo no tenía nada que contarle. En cambio yo de ella; nunca supe nada.

Me acerco a ella sigilosamente; yo sé que lo sabe, siempre me está esperando. Ella se vuelve hacia mí; lo sabía, me presiente. Yo le sonrío. En sus ojos grises aparece un destello azul… Me le acerco y el brillo azul desaparece; entonces, ella me mira con aquellos ojos grises, inexpresivos. Siempre es igual, siento que me ama, cuando en sus pupilas aparece esa lucecilla azul. Pero también, siento que me rechaza, cuando sus ojos se apagan y se tornan grises. Siempre he sido un hombre muy tímido, quizás no sean más que justificaciones, pero estoy seguro que es así.

Ella ha aceptado posar para mis cuadros. Es extraño, pero viéndola, me imagino el paisaje, he pintado mis cuadros mas hermosos, siempre ella y el mar. Puedo ver cómo el viento bate su pelo, cómo las olas la salpican y contemplarla caminar sobre la superficie del mar. Aunque todo permanece cerrado, mis ojos están más abiertos que nunca; viéndola, puedo ver los colores del cielo, del mar… Hasta del aire. Sólo había un problema: comencé a tener pesadillas, y en todas aparecía aquel horripilante ser que salió de la nave; no podía dormir bien y me pasaba todo el día con sueño, me dormía pintando y tenía la impresión de que pintaba dormido. Esta suposición me intrigaba enormemente y me asustaba. ¿Estaría perdiendo la noción del sueño y de la realidad?
Una mañana alguien toca a la puerta; era un primo que de vez en cuando me hacía la visita. Siento una voz interior que me dice que no lo reciba, que nadie la debe ver. Me excuso, le digo que no lo puedo atender, que estoy muy ocupado pintando: él insiste. Su voz me suplica que no lo deje entrar. Lo despido bruscamente:su cara toma una expresión suspicaz, sospechando que oculto algo, y al fin se retira.

Se acerca agradecida; veo coquetear en sus ojos esa luz azul; yo me aproximo, y mi corazón late deprisa; fijo mis ojos en los suyos, radiantes, encendidos con fuegos azules. ¡Me amaba! Le tomo la mano y la suelto inmediatamente; contemplo sus ojos grises, su rostro excesivamente pálido; retrocedo impulsado por un nuevo temor: la impresión de haber tocado a un muerto.

No lo podía entender, pero eso fue lo que sentí en ese momento. ella era un ser de otro planeta, entonces, su cuerpo podía tener otra temperatura. Era sólo el miedo ancestral a la muerte, a lo desconocido. Ésa fue la explicación que traté darme.

—¿Por qué nunca me hablas de ti? —le pregunté sin mirarla.
—Debo decirte algo, que ya te imaginas. Soy telépata. Sé todo lo que piensas…
Me miró fijamente con sus ojos grises, y pude percibir en ellos dolor… No tristeza, sino dolor; dolor físico; Dolor que soportaba.
—Esto es un experimento. no sabíamos que ustedes eran tan emotivos, tan sentimentales. Nosotros en mi planeta, somos mentes… mentes lógicas, carentes de sentimientos. En cambio tú… He aprendido contigo a sentir cosas que nunca antes estuvieron a mi alcance. Pero somos diferentes.
—No me importa nada, sólo quiero tenerte a mi lado.
—Pero existen cosas que aún no comprendes, ni comprenderás. Yo puedo inducirte a pensar, y a imaginar cosas que no existen en tu realidad; pensamientos que al unirse con los tuyos conformarán imágenes, vivientes, sentimentales; (o lo pones en otra frase). Es imposible entrar en contacto contigo, sin sentir, sin sufrir… sin…
Calló. Cerró sus ojos, y vi una lágrima correr por sus mejillas.
—Muchas cosas no estaban previstas. Yo soy lo que tú siempre has deseado. Pero ese sentimiento me está enfermando. No estoy preparada para esto. Mi mente no soporta esta carga emocional.

Habló en un tono que no era habitual en ella. Yo creí que allí estaba la razón de su conducta: que ella podía saber todo lo que yo pensaba, que podía incluso crear alucinaciones, y que yo nunca podría saber nada de ella. ¿Era eso lo que la hacía rechazarme? ¿Porque no quería que nadie la viese? No podía aceptar que mis sentimientos la enfermaran. Ella tenía razón dos puntos había cosas que no comprendía.

Yo la amaba. La amaba con el amor acumulado durante años, años de soledad, de espera; ahora la había encontrado, la tenía a mi lado, bajo mi propio techo. Era inevitable que llegara a amarla, y la amé; me adapté a amarla como ella quería.

Cada día se veía mas pálida. No era su palidez natural sino que, su piel había tomado un color cenizo, sus ojos apenas lograban aquel brillo azul de antaño, y lo peor era que no respiraba; pero tenía la impresión de que ella jamás había respirado; Si, nunca le había visto el mas mínimo movimiento para aspirar el aire, sé que es imposible si aceptamos que su organismo es igual al nuestro; pero yo tenía el presentimiento de que no era así, y que sin dudas, esa era la causa de su rechazo. Y estaba en lo cierto.

Y aunque sentía que me amaba, estaba convencido que todo contacto era imposible. Desistí de mis impulsos de abrazarla por temor a hacerle daño. Me conformé con pintarla, con verle caminar suavemente por la habitación; con dejarle acariciar todo; con verle vivir, vivir junto a mí, creando imágenes; con ver sus ojos grises, tan tristes, con esa perdida mirada azul.

La casa seguía cerrada; habitada sólo por mis cuadros, ella y yo. Yo sentía cómo su palidez lo cubría todo. Su voz se convertía en un susurro, y sus ojos, sus ojos sin luz, me miraban con una expresión cada vez más triste y desolada. ¡Se moría! ¡Yo sabía que se moría!

Esa tarde me pidió que la llevara hasta el mar, al mismo lugar donde nos encontramos. Sentí miedo, tenía el presentimiento de que la iba a perder, y me resistía a esa idea. Creo que Siempre lo supe, y cuando llegó el momento; fui egoísta, muy egoísta.

Desde entonces no he podido pintar. mi mano tiembla y se me caen los pinceles. ¿Quién sabe cuánto sufrió ella?… Si, ¡ella! Para mi siempre será ¡Zaida!, a pesar de todo. Desde entonces vivo con ciertos interrogantes: ¿cuál era su misión? ¿Hacer contacto? Hoy creo que ella se sacrificó; tal vez por nosotros, quizás por conocer nuestros sentimientos, y esto es lo que yo creo: esa criatura deseaba conocernos, deseaba… ¿ por qué no? Que alguien la amara.

Salimos en el auto; igual que cuando la traje, ella se ocultaba.

—¿No me has dicho por qué nadie debe verte? —le pregunté.
—Sólo tus ojos pueden verme, ¿o es que lo has olvidado? Sólo tú puedes verme. Sólo tú.

Era ella la que hablaba, y yo sentía su voz; sí la sentía, la sentía dentro de mí, y la sentía sufrir. No sé cómo explicarlo, pero la sentía sufrir dentro de mí.

Llegamos. Ella se paró en el mismo lugar donde nos encontramos. Se volvió hacia mí; a través de sus ojos transparentes, pude ver el azul del mar. Fue una imagen fugaz; luego sin decir nada, se alejó hacia un promontorio.

—¿Qué vas a hacer? —grité.

Pero ella no respondió. Corrí hasta alcanzarla y la sujeté con todas mis fuerzas. Forcejeamos y caímos al suelo unidos. La tenía por primera vez en mis brazos. Ella estaba helada, pero ya nada me importaba; estaba bajo un estado febril y solo deseaba que viviese, que viviese para mí, para mis cuadros.

—Por favor suéltame, suéltame antes de que sea demasiado tarde.
la tenía en mis brazos, y no la iba a soltar; sabía lo que intentaría.
—¡No!, ¡no te dejaré!, ¡no puedes morir!; te necesito.
—Te lo suplico, suéltame —su voz era un quejido.
—No… Nunca, nunca…

Y comencé a besarla largamente, como lo había deseado, como tantas y tantas noches lo había soñado.

—Por favor … déjame ir… no me detengas… no debes verme…voy a morir…

Su voz se escuchaba cada vez más lejos, más lejos; hasta dejar de escucharse. (su voz llegaba desde más y más lejos, hasta que dejé de escucharla) Estaba muerta. Desesperado, Hundí mi cabeza en su pecho. Fue entonces, cuando sentí mis manos resbalar sobre una superficie lisa, blanda, y que se hundían en algo viscoso que se escurría de mis dedos, incapaces de retenerlo. Separé el rostro y vi su pecho oscuro. Alcé la vista y vi dos grandes ojos redondos, voluminosos, y dos pupilas grises, inexpresivas. Lancé un grito de horror, mientras trataba de deshacerme de aquella cosa gelatinosa. Comencé a rodar, a arrastrarme (dando tumbos) entre los arrecifes, tratando de alejarme lo más posible de aquello. Me detuve un momento, ; quería cerciorarme, quería estar seguro. A pesar de mi horror, logré volver el rostro y mirar aquello. ¡Si! ¡Era eso! ¡El monstruo que salió de la nave!… Cerré los ojos para no verlo y tratar de imaginármela como había sido, tan hermosa… ¡Zaida!

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Casa muerta

Se mueve inquieto dentro del cuarto; afuera comienza a llover; sabe lo que eso significa, bien que lo sabe; alza la vista y espera. Afuera la lluvia golpea sobre la vieja madera, el techo se queja lastimosamente; espera, de un momento a otro… La lluvia arremete furiosa contra el endeble techo que comienza a dejar entrar gruesas gotas. Corre a buscar los recipientes, empieza la cacería de goteras; después a rodar la cama, no existe un lugar donde se pueda colocar y que no se moje: el agua los tiene acorralados. Toca el colchón, lo que queda de él, y se sienta en una esquina de la cama a contemplar los hilos de agua que se descuelgan y caen, muy cerca, tan cerca que le salpican los pies. Observa cómo se forman los charcos, la casa se inunda; de nada sirve rodar nuevamente la cama, ya no hay escapatoria. Su mirada cansada se detiene en las paredes rajadas; sonríe de infelicidad, podría llorar, ya hay demasiada agua esparcida, y sólo le queda sonreír.

¡Once horas!, he dormido once horas.

Se puso de pie y salió al pasillo, las luces se fueron encendiendo a su paso, se llevó la mano a la frente.

¿Desea algo señor? dijo una voz dentro de la casa.

Nada, déjame en paz.

Disculpe volvió a decir la voz.

Se detuvo en la cocina. Estaba limpia, reluciente. Observó el techo, allí jamás caería una gota de agua, recubierto de un material sensitivo, que contenía una red electro¬mecánica la que estaba controlada por un sistema inteligente que era capaz de aprender, a través de una base de conocimientos que se había ido ampliando con el tiempo con la interacción hombre casa. Era a prueba de incendios y de robos. Y si entrar en ella era casi una proeza, salir era totalmente imposi¬ble; y ni qué decir llegar hasta el dueño. La casa era su guardián. Estaba dotada de un sistema de diagnóstico que chequeaba cuando tenía fiebre y hasta si estaba de mal humor, como en este momento, en el que por nada del mundo volvería a importunarle; ahora debía guardar silencio y esperar.

Avanzó hacia el centro, hizo un gesto característico en él; la casa comprendió, inmediatamente se abrió un compartimento y surgió una comida sencilla; conocía muy bien sus costumbres. Se acercó el bocadito a los labios y su mano quedó suspendida en el aire, no podía borrar de su mente aquella pesadilla. Cómo se le podía ocurrir semejante idea, una casa que se moja; eso era ridículo dejó escapar una risita casi inaudible, no para el fino oído de la casa que registraba cada sonido . Mordió el bocadito. ¿Quién era aquel hombre? ¿Por qué cada vez se prolongaban más sus horas de sueño? Presentía que aquel sueño era una realidad para alguien, en alguna parte del mundo, de un mundo olvidado, alguien llevaba una existencia infrahumana y lanzaba su desesperanza al aire, y él por algún hilo desconocido la recibía; recibía la realidad de otro. “¿Otro yo?” Le asustó la idea. No podía estar en los dos lugares a la vez, era absurdo: tenía que ser una pesadilla. Aquel mundo era tan real que cuando despertaba, le quedaba un desasosiego y un estado de ansiedad que le duraba horas, y lo que más lo desconcertaba eran aquellos recuerdos adicionales, que estaba seguro no haber soñado, como la impresión de permanecer durante varias horas en una cola bajo el sol para adquirir los alimentos, así como las interminables esperas para tomar un ómnibus, o las discusiones con una mujer, que debía ser su esposa, que constantemente le estaba reclamando algo, o las riñas entre aquellas gentes que parecían ser familia de ella, no podía precisarlo, así como tampoco podía comprender las razón de tanta violencia; y muy a su pesar esas sensaciones estaban ahí, habitando sus recuerdos; almacenados en su cerebro como reflejo de otra vida.

La casa muy sutilmente le hizo llegar la música de la habitación de trabajo. Eran las nueve y tenía que sentarse a escribir. Avanzó mecánicamente hacia el cuarto. Lo encontró todo dispuesto, las últimas hojas en que había estado trabajando, la computadora encendida, una taza de café recién elaborado, su pipa lista. Sonrió satisfecho. La casa siempre sabía lo que tenía que hacer.

Se sentó ante la computadora a escribir la novela, llamó al sistema GaboCAS, aún no lo dominaba muy bien, anteriormente prefería el sistema PoeCAS. Pero para la novela que estaba escribiendo le ofrecía más ventajas el primero. La trama no era fácil y se le complicaba cada vez más, comenzó a analizar los diferentes guiones que el sistema le iba ofreciendo, revisaba las variantes, le introducía cambios en el argumento, le asignaba nuevas funciones a los personajes, les creaba nuevas situaciones, así hasta obte¬ner un argumento final. No estuvo de acuerdo con el resultado. Revisó la forma en que otros autores habían tratado ese mismo tema a través de la biblioteca InfoCAS, luego de conectarse a la red de computadoras. Resultado: el tema no era nada original. Volvió a comenzar de nuevo, cambiando personajes, tramas. Ahora las ideas sí encajaban, pronto terminó el argumento.

Habían transcurrido más de cuatro horas, sintió hambre. Sólo tenía que hacer un gesto y la casa haría lo demás. Después de trabajar durante varias horas; nada mejor que un buen almuerzo y la casa lo sabía. Solícita preparó la mesa, los brazos mecánicos se agitaban sirviendo, colocando platos por aquí, por allá. Hoy había estado de mal humor, eso quería decir que tendría aún más apetito, y como la casa lo sabía, le preparó una suculenta mesa: dos enormes bistecs, ensalada de frutas, abundantes papas fritas, dulces finos, croquetas de jamón, helado. Se sentó a la mesa poseído de un hambre atroz.

¿Dónde está el arroz con los frijoles?

La casa quedó en suspenso, hasta él mismo se sorprendió. El jamás comía frijoles. Estaba seguro que eso tenía que ver con ese hombre, que llevaba una existencia miserable, en aquella casa sin vida. Sintió hambre, un hambre vieja, como si llevara horas, días sin comer y añoró un plato de arroz con frijoles, lo cual era absurdo. ¿Cómo podía estar tan ligado a aquel hombre? ¿Cómo era posible que sufriese como propias sus privaciones, sus desencantos? Y peor aun, su sueño se prolongaba día a día. El antes sólo dormía seis horas durante la noche, desde que comenzaron las pesadillas comenzó también a alargarse su sueño; cada día dormía un poco más. Anoche había llegado a las once horas, estaba convencido de que las pesadillas estaban relacionadas con la duración del sueño: eran las pesadillas las que se pro¬longaban, las que lo hacían permanecer más tiempo dormido. ¿Y si las pesadillas siguieran extendiéndose? ¿Y si llegara a dormir durante doce, trece o quince horas? Más de la mitad del día. ¡La mitad de su vida! Un leve nerviosismo comenzó a apode¬rarse de él. No había pensado en eso. ¿Y si el sueño siguiera aumentando, si día a día aumentara un poco más, hasta alcanzar las veinticuatro horas del día? Sintió mareo y un extraño malestar en el estómago. No podía comer, observó el jugoso bistec, contempló las papas fritas, la fuente con las frutas. Sintió una bola en el estómago, algo que le subía hasta la garganta y le producía náuseas. Unas gotas de sudor le corrieron por la frente, su temperatura descendió bruscamente. La casa preocupada retiró la mesa.

¿Quiere que conecte el sistema de diagnóstico?

No, el problema no está en el cuerpo.

La casa lo observaba atentamente.

¿Puedo hacer algo por ti?

No gracias, nada.

La casa seguía observándolo, tomándole la temperatura, analizando su respiración, procesando cada gota de sudor que le brotaba.

Las horas transcurrían lentas y seguras: afuera oscurecía; den¬tro, la casa seguía observándole; esperando una orden, un deseo… Aunque tenía sueño no quería dormir, tenía miedo; miedo a aquella otra vida; era un temor absurdo, pero no podía librarse de la duda: ¿Y si no despertara? ¿Si se quedase para siempre en ese mundo diabólico, llevando siempre aquella vida miserable? Esa sóla idea le infundía terror.

“Es absurdo pensó la pesadilla no puede durar todo el día, simplemente estoy agotado y estoy durmiendo más de la cuenta. No tiene sentido que me preocupe. Esta es mi verdadera vida, aquello es sólo eso, una pesadilla. Una pesadilla tan real que me asusta: puedo oler la humedad de la casa, percibir cada detalle, y lo peor es que siento que siempre he estado allí. Soy un idiota, las pesadillas son así”.

El sueño lo vencía.

Quiero otra música.

La casa comprendió y enseguida puso otra música, una música más alegre, más movida. Ella siempre sabe lo que debe hacer.

Café, café bien fuerte.

Recibida la orden, y al momento le sirvió una taza de café. Ahora, la casa esperaba.

“Tengo que controlarme… Una pesadilla no puede vencerme”. Se pasó la mano por la frente, sudaba.

La casa enfrió más el aire, también subió el audio de la música, la luz se hizo más potente.

“No quiero regresar a esa casa horrible, no quiero…”. Sintió como un escalofrío le recorría el cuerpo.

La cada disminuyó el frío, también bajó el audio, y le sirvió otra taza de café.

Se sentía solo, enfermo. Pensó llamar a su amante, miró al telé¬fono. La casa comenzó a marcar un número.

¡No, deja! gritó.

La casa interrumpió la llamada.

Discúlpeme, estimé que eso era lo que usted deseaba.

En realidad no te equivocaste, sólo que hoy todo es diferente.

Ella guardó silencio, sabía que aquello equivalía a una confesión, y una casa nada podía decir, tan sólo esperar.

Se puso de pie y comenzó a caminar de un lado para otro, mientras repetía.

Once horas, once horas… Por qué siempre tiene que ser la misma pesadilla, la misma…

Ella detuvo la música y guardó silencio. Después de tantos años de procesar sus gustos, de analizar su estado de ánimo, por primera vez no sabía qué hacer y nuevamente esperó.

“Estoy obsesionado con esa pesadilla que me esta destruyendo los nervios, tengo que serenarme, relajarme. No puedo dejarme vencer por ese estúpido sueño. Sólo tengo que acostarme y pensar en cosas alegres; como cuando era niño y… No puedo recordar nada, tengo mucho sueño… Cuando era niño siempre quise tener… El sueño no me deja pensar, los párpados se me cierran. Quiero recordar mi infancia… Los ojos se me cierran… Mejor voy a dormir. Dormir tranquilo, relajado; en un sueño profundo sin pesadillas”.

Entró al cuarto, la cama estaba arreglada, todo dispuesto a su gusto. Se dejó caer pesadamente sobre la cama. La casa comprendió y le puso una música suave a la vez que un aire tenue batía sobre su cuerpo. Pronto se durmió y la casa apagó todas las luces, y se dedicó a velar su sueño. Ahora nada podría despertarlo, la casa se ocuparía de todo: de las llamadas telefónicas, de la puerta, de mantener la temperatura constante, de ahogar cualquier sonido; nada podía perturbarle su sueño. La casa, celosamente cuidaría que así fuera.

Mientras en otra casa; una casa sin luz, las interrupciones eléctricas duraban hasta cinco horas; un hombre, cansado, estrujaba la hoja que había escrito.

“Hoy tampoco podré escribir, nunca terminaré la novela, nunca”.

Todo está oscuro, inmensamente oscuro; en aquella casa depauperada, donde el no es más que un intruso que pretende ser escritor. Y es en esos instantes que la casa se le viene encima, y siente como su espíritu se raja junto a aquellas viejas paredes, que ya no soportan más el peso de aquel techo descolorido. Pero los momentos más angustiantes son cuando llueve; es entonces cuando sobre su alma caen pesadamente gruesas gotas, que le desgarran el pecho y le llenan los pulmones de agua y le dejan como herencia esa tos que no le abandona nunca, ese es su destino vivir encerrado en aquella casa, que huele a abandono, que sabe a muerte.

La cama aún permanece húmeda por el último aguacero. Un mosqui¬to zumba cerca de su oído, se rasca la mano derecha, mientras mueve los pies sin cesar, los mosquitos no lo perdonan. Siente que aquella no es su vida: sensación cada vez más fuerte. Al principio era un sentimiento leve, pasajero; como un estado de angustia que le duraba pocos minutos y luego, era como si volviera a ser él mismo; pero últimamente esa angustia le dura horas; es un sentimiento de inadaptación, de desasosiego; como si esa vida le fuera ajena. Como si aquella casa inhabitable, en la que vive como un agregado, se obstinara en hacerle la vida imposible.

Avanza en medio de la oscuridad, tropieza con unos zapatos rotos que chillan bajo la presión del pie. Tose, lleva meses con ese catarro que no se le quita por falta de medicina. Pone su mano sobre la húmeda pared. Sus ojos comienzan a adaptarse a la oscuridad. Recuerda su hambre, se deja caer sobre una silla solitaria y maltrecha que cruje descontenta, trenza sus manos y las alza hasta el pecho, y apoya su barbilla sobre los nudillos de los dedos. Dentro de su cabeza escucha voces, esta sólo entre aquellas gentes, gentes extrañas. Esa no es su vida, por alguna razón desconocida e inhumana, esta colocado ahí. En algún momento tiene que desper¬tar. Vuelve a toser, se sopla la nariz. Las voces recorren la casa, una de las voces lo llama por su nombre. El sólo espera: aquellas horas oscuras tienen que pasar, tiene que suceder algo que lo saque de esa pesadilla. Suplica, se inclina hacia adelante y se apoya con los codos sobre las rodillas, mientras hunde la cabeza dentro de las manos.

¿Estás ahí? pregunta la voz.

Se tapa con ambas manos los oídos; abre la boca y lanza un grito ahogado que nadie escucha.

¿Estás ahí? otra vez la voz.

Silencio, silencio. Alguien sufre el desencanto de una vida ignorada, alguien lanza un grito desesperado desde un mundo olvidado; alguien, alguien se derrumba en una casa muerta.

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