La chica de enfrente: la real

Ella caminaba a mi lado: yo sé que sabe… Y sin decir nada alzó la vista al cielo: ¡Mira cuantas estrellas hay!, o tal vez, ¡Que noche más hermosa! No hace falta que lo diga, sus ojos claros lo dicen todo. En ella se refleja el fulgor de todas las estrellas; pestañeó como si adivinase mis pensamientos, las estrellas se apagaron por un momento; sólo en sus ojos se percibía la inmensidad de aquella noche, noche especial; porque al fin sabrá lo que ya sabe, lo que tantas veces le dije en sueños. No más inmersores de mundos virtuales, basta de registrar tan sólo sensaciones; la quiero a ella, en este mundo real.

Te quiero le dije con voz temblorosa.

Ella volvió a contemplar las estrellas; había una que llamaba la atención porque titilaba incansablemente.

Los sueños… Los sueños son como las estrellas: inalcanzables, misteriosos dijo sin mirarme.

No sé, pero de pronto sentí que la noche me aplastaba, que aquella estrella radiante se reía de mí; de mi inseguridad, de mi miedo a perderla.

Tú no me amas a mí. No, tú amas un sueño, y en ese sueño, tú conformas a una mujer que físicamente se parece a mí; pero no soy yo, es sólo la mujer de tus sueños. Ámame con toda tu alma, suéñame a tu antojo, tú que puedes soñar. Créeme yo no soy nada comparada con tus sueños. Tú vives en otra dimensión, en la de los sueños, ese es tu mundo. Yo vivo en una dimensión opuesta a la tuya: la realidad. Yo estoy prisionera en la rutina. Tú eres libre, no olvides que eres el componedor de sueños.

No me atreví a decir nada, pero yo no quería tan sólo soñarla, ni siquiera tuve el valor de mirarla a los ojos; sólo sé que un sentimiento de angustia me apretaba el pecho; me faltaba el aire y las estrellas se iban apagando una tras otra; hasta quedar la noche oscura y silenciosa… Desperté sobresaltado.

Arrojé contra el piso el inmersor de mundos. Siempre lo mismo: me debatía entre sueños y realidad, y eso me atormentaba. Me llené de valor y la llamé por teléfono. Ella apareció en la pantalla.

¿Qué quieres ahora? Si no tienes algo importante que decirme cuelga que estoy ocupada.

Contemplé enmudecido sus grandes ojos claros. Siempre pasaba igual, la llamaba y después no me atrevía a invitarla a salir.

No me mires con esa cara. ¿Vas a decirme algo?

Yo… Yo… En realidad saludarte… Me dijeron que estabas enferma y…

Pues te equivocas, porque estoy muy bien.

Y diciendo esto se puso de pie y dio una vuelta completa.

¿Tú no crees que estoy bien?

Sssí, sí… Claro, claro.

Bueno, ya viste que estoy bien. ¿No era eso, lo que querías saber?

Sí, eso…

Y sin decir más colgó.

Agarré al inmersor, ya me lo iba a colocar sobre la cabeza, cuando recordé a Freud, era el seudónimo de un amigo mío que ejercía como psicólogo clínico. Sin dudas, él podría ayudarme. Fui a verlo inmediatamente. Y le conté mis conversaciones telefónicas con la chica de enfrente, los sueños que tenía con ella y las explicaciones que ella me daba en cada inmersión virtual.

Es un caso típico de justificación inhibitoria. No quieres enfrentar el problema y pones en sus labios las palabras que tú quieres escuchar y de esa forma evades la realidad. Tú le temes al amor. ¿Y sabes por qué ella te trata así? Porqué se cansó de esperar por ti. La mujer de hoy no soporta al hombre indeciso. Tienes que invitarla a salir, aunque sea a un parque, y declárale tu amor. Tienes que hablarle cara a cara. Decir lo que sientes, y sin darle tiempo a pensar la abrazas y la besas. Debes romper esa imagen que tiene de ti; demostrarle que eres un hombre decidido… fogoso. Créeme, eso no falla. Y otra cosa, está probado científicamente que los inmersores de mundos virtuales producen trastornos síquicos, tales como: alucinaciones, estados de angustia, temores… y en el mejor de los casos actúan como inhibidores de la acción: produciendo cansancio, estados de ensoñación… En fin, te aconsejo que no vuelvas a utilizar el inmersor, su efecto es más pernicioso que el de las drogas; acaba con la voluntad del hombre. Todo lo que tienes que hacer es actuar, vivir… Ir a la lucha… Enfrentarte a la vida y zas, se acabó. No más inmersor, recuerda no más inmersor…

Gracias Freud, perdón doctor Silver…

Le di la mano agradecido, salí convencido de que esa era la solución: enfrentar la realidad.

En cuanto llegué a la casa cogí el teléfono, y sin mirar su imagen en la pantalla, la invité a ir a un parque abandonado que estaba a pocas cuadras de la casa. Ella no respondió, alcé la vista y vi sus ojos claros mirarme o mejor dicho verme, era la primera vez que fijaba sus ojos en los míos. Yo estaba desconocido y de forma resuelta volví a insistir. Ella aceptó. Quedamos en encontrarnos por la noche en el parque.

Según pasaban las horas la angustia se apoderaba de mí: me movía inquieto de un lado para otro, me sentía intranquilo; lentamente iba perdiendo la confianza en mi. La inseguridad, implacablemente se iba adueñando de la situación: “¿Irá a la cita?… ¿Podré decírselo?… ¿Irá? ¿Qué le diré?…”.No podía estar sentado un minuto, la ansiedad me mordía el intestino: comencé a sentirme enfermo, tenía deseos de ir al baño; eran justificaciones. Miré al inmersor y acerqué mi mano temblorosa: “¡No!… ¡No lo haré!” Alejé la mano y cerré el puño: “No me dejaré vencer. No más fantasías, quiero la realidad: la quiero a ella, a la real.”

Tenía que escapar de aquel vicio de soñar mundos, estaba cansado de soñar. Quería vivir a su lado. Ella era mi salvación, la esperanza de integrarme a la realidad, de abandonar para siempre el mundo de los sueños.

El parque estaba desierto, la noche estrellada… Pero, faltaba ella. Sentía mi corazón latir de prisa. El tiempo transcurría ajeno a mi ansiedad. Al fin, apareció. Se veía molesta, sus ojos claros se movían intranquilos.

Estoy esperando. ¿Qué vas a decirme?

Nos sentamos en un banco le dije con voz casi imperceptible.

Pareció escucharme, porque escogió uno y se sentó, yo me senté a su lado. Ella esperaba: miró al cielo. Las estrellas seguían ahí. Observé la luna, me pareció fría, distante. Recordé las palabras del sicólogo. Tenía que enfrentar la realidad. No lo pensé, si lo pensaba no lo decía, y simplemente le dije:

Estoy enamorado de ti.

Me observó conmovida, se enjugó una lágrima, y alzó la vista hacia las estrellas.

Los sueños… Los sueños son como las estrellas: inalcanzables, misteriosos. Tú no me amas a mí. No, tu amas un sueño, y en ese sueño tu conformas a una mujer que físicamente se parece a mí; pero no soy yo, es sólo la mujer de tu sueño…

Me puse de pié sobresaltado. Observé como las estrellas se apagaban y como la luna se ocultaba detrás de una nube, no soplaba una gota de aire; la noche se tornaba cada vez más oscura para mí: no había duda… soñaba.

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Acerca de Alejandro Madruga

Licenciado en Cibernética Matematica. Trabajo el tema de la Inteligencia Artificial desde 1986. He publicado articulos y ensayos sobre la Cibernetica y las tendencias tecnologicas. También he publicados narraciones de ciencia ficción
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