Mundo virtual

Afuera tal vez llueva o quizás hace un día radiante, a lo mejor un loco asesinó a alguien o hace mucho frío, un frío glacial. Sólo los fuertes salen, sólo ellos pueden recorrer la ciudad. Afuera reina la anarquía, el caos, la violencia. ¿Quién sabe cuántas cosas terribles sucedan?

Un sonido intermitente lo sacó de sus pensamientos. Encendió la computadora y lanzó un vistazo al display.

… USTED AUN NO HA ENTREGADO EL GUION, LE RECORDAMOS QUE A LAS DOCE EXPIRA EL LIMITE DE ENTREGA Y CON EL, NUESTRO COMPROMISO…

“El guión. No tengo deseos de hacer nada. Sólo dormir, soñar; soñar con ella”.

Se colocó sobre su cabeza el inmersor de mundos virtuales.

Caminaba por la playa, su corazón latía deprisa, sabía que la encontraría, ella estaría en algún lugar de su sueño esperándole. Él caminaba sin rumbo, se detuvo a respirar el olor del mar y sintió como los pulmones se le llenaban de salitre. A lo lejos una mujer estaba parada frente al mar. Es ella, ella…

¡No!, ¿Por qué?…

Otra vez estaba en su cuarto.

¡Coño! Se golpeó la cabeza con furia.

“Tengo que lograrlo, necesito sumergirme en mis sueños. ¿Podré hacerlo? Una vez dormido, ¿quién alimentará después los sueños?, ¿quién me seguirá soñando? Yo con la ayuda del generador de mundo virtuales, sólo puedo crear un sueño y sumergirme en él. Pero, ¿cómo generar las nuevas variantes que quiero soñar? ¿Por qué siempre me despierto? ¿Será que me asusto, que me impresiono tanto y por eso despierto? Si pudiera seguir soñando. Yo no quiero que sea el inmersor quien me inserte en su mundo virtual. Quiero crear mi mundo, soñarlo e incluirme en ese sueño y volver a soñarme, hasta que soñador y sueño se confundan, hasta que el soñador y el mundo virtual se sintonicen y funcionen armoniosamente”.

En la pantalla continuaba la advertencia de terminar el guión.

Conectó el sistema de clasificación de películas: aparecieron varios filmes en pantalla, luego consultó el sistema evaluador, y a cada guión se le asignó un coeficiente de acuerdo a la aceptación que tuvieron. Activó el sistema inteligente para que extrajera los temas centrales y los agrupara. Nuevamente consultó el sistema evaluador y cada tema recibió, a su vez, un coeficiente de aceptación. Por último consultó la base de conocimientos sobre los resultados obtenidos, y obtuvo la propuesta del guión con las variantes de temas a adoptar.

“Ya casi tengo el argumento, ahora sólo falta el acabado, el toque creativo. Esta es la parte que únicamente los humanos pueden hacer: obtener de este ajiaco un guión aceptable”.

Volvió a pensar en ella, no podía apartarla de sus pensamientos. Deseaba tanto lograr el contacto; llevaba meses tratando de hablar con ella, pero siempre despertaba; era tan grande su excitación al verla que su mente perdía el control sobre el inmersor y este lo hacía volver a la realidad. Pero en estos momentos debía olvidarse de ella, ahora sólo importaba el dichoso guión, era un compromiso ineludible, a él le pagaban por entregar semanalmente un guión, otro realizaba la composición de escenas, otro los ajustes de actuación, otro las piezas musicales, y por último el director era quien armaba todas las piezas. Y ahí estaba el problema, que todos ellos tenían que partir del dichoso guión. Por eso necesitaba apurarse, lo único que tenía que hacer era conformar el argumento con los resultados obtenidos: quitar por aquí, agregar por allá, repetir esto otro. Todo era muy sencillo.

“Si también fuese así el contacto con ella. ¿Por qué desaparece de mis sueños? ¿Por qué no se deja soñar? ¿Quién es ella? ¿De donde viene? Tal vez ella exista: ¿En este mundo? Yo sé que existe, virtualmente existe. Si no, ¿cómo siempre aparece en mis sueños? Ella vive en alguna parte de mi mente, de algún pasado remoto que evoco a través del inmersor”.

Era un hombre solitario, su timidez no encajaba en una sociedad, donde cada cual proyectaba una imagen fuerte y segura; él un ser endeble, temeroso. ¿Quién podía fijarse en él?

Las horas calmosas, transcurrían ajenas al conflicto de un hombre que luchaba contra el reloj. En otra época lo hubiese terminado en pocos minutos, pero hoy no podía, su mente estaba dispersa.

“Si pudiera verla nuevamente, aunque sólo fuese un segundo. Verla de cerca, contemplar sus ojos. Si pudiera oír su voz…”

De forma automática, cogió el inmersor y se lo colocó sobre la cabeza. Tenía la mirada perdida: “soñarla, volver a soñarla”.

Regresó a la playa, la misma playa de siempre; con la misma arena, el mismo cielo; aquella playa inconfundible: su mundo secreto, donde se encontraba con ella; siempre de lejos, sólo de lejos… Miró hacia todas partes con ansiedad: ella no estaba. La playa estaba desierta. Caminó primero, luego corrió por la arena. No sabía su nombre, además era inútil llamarla: ella debía estar allí, era parte de ese mundo. Se detuvo jadeante, sabía que de un momento a otro despertaría.

¿Dónde estás? gritó desesperado.

Cual no sería su asombro al verla bañándose en el mar. Ella le hacía señas, lo llamaba, le pedía que penetrase en el agua. “¿Entrar al mar?” La idea lo horrorizó. Nunca antes lo había hecho. Sin embargo en lo más recóndito de sus recuerdos existían imágenes vagas sobre el mar; ideas dormidas, tal vez surgidas de otra vida, de alguna infancia olvidada, borrada por la lluvia de información absorbida durante años; o de un mundo virtual, de algún sueño perdido en el tiempo, en el arquetipo de su especie.

Sentía miedo, ella sonriente lo llamaba, le pedía que fuera a encontrarse con ella. Sólo aquel frío imponente y aquellas olas amenazadoras se lo impedían. El corazón golpeaba decidido sobre su pecho, incitándole. El mar se replegaba, se convertía en espuma. Avanzó hacia ella. Sintió como el agua fría le subía por el cuerpo y como el aire húmedo le golpeaba el rostro. Ella estaba frente a él; surgida del mar, totalmente desnuda. Sabía que de un momento a otro podía despertarse, que todo no era mas que un sueño; pero allí estaban aquellas olas que le golpeaban, y a ratos, estaban a punto de derribarlo. La vio acercarse, con su pelo aun chorreando agua. La tomó entre sus brazos, tembló de miedo al sentir el calor de su cuerpo. La abrazó fuertemente. Sabía que en cualquier momento podía despertar: por eso la besó, nunca antes había besado a una mujer; sintió como el corazón de ella le golpeaba el pecho; respiró su aliento y la besó largamente. Sabía que podía despertar, que era un sueño; una sensación computarizada. Atrás quedaba su cuarto oscuro; atrás, aquel computador gris, con aquella pantalla negra, que con letras rojas anunciaba: SEÑOR COLLING USTED ESTA DESPEDIDO.

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Acerca de Alejandro Madruga

Licenciado en Cibernética Matematica. Trabajo el tema de la Inteligencia Artificial desde 1986. He publicado articulos y ensayos sobre la Cibernetica y las tendencias tecnologicas. También he publicados narraciones de ciencia ficción
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