La primera ley de la robotica

Mijail Petrovich, estaba acorralado por tres hombres que le disparaban desde ángulos diferentes. Mijail parapetado detrás de una gran columna defendía su vida; a su lado expuesto a las balas, ajeno a todo, se encontraba Marcel.

Maldición, yo tengo la culpa se decía.

Mijail Petrovich, había llegado ayer a New York para participar en una conferencia sobre robótica; como siempre, viajó acompañado de su robot. Al llegar a esta ciudad le entregaron un revolver y le advirtieron que no saliera solo, y mucho menos de noche.

Había hecho caso omiso de las instrucciones, se sentía seguro en compañía de Marcel. ¿Quién se iba a atrever con él? Y sin embargo estaba allí, acorralado en aquel parqueo, por esos tres bandoleros.

Una bala rebotó sobre la coraza de hierro de Marcel. Fue entonces cuando Mijail, decidió pedirle ayuda a su robot.

Marcel estoy en peligro, esos hombres me van a matar si tú no me ayudas. ¡Detenlos!.

El robot no responde; permanece inmóvil, en silencio.

Uno de los hombres comienza a avanzar disparando, Petrovich le abre fuego. El hombre se lanza al suelo, da tres volteretas y se oculta tras un camión.

Marcel, si tú no me ayudas esos hombres me matarán, ¡entiendes, me matarán!. Tienes que defenderme.

Por fin, sonó la voz grave de Marcel.

No puedo hacerle daño a los humanos, no puedo.

Mijail Petrovich lo sabía, el robot estaba programado bajo las tres leyes de la robótica, y la primera ley era: no dañar al ser humano, pero su vida ahora dependía de Marcel.

Marcel, escúchame, esos hombres son tres criminales, que están fuera de la ley; probablemente estén condenados a muerte por la sociedad, si los detienes le vas a hacer un favor a la humanidad. No entiendes ¡son delincuentes!, son seres sin escrúpulos… y mi vida depende de ti… ¡Atácalos!.

No puedo, no puedo.

Una bala pasó silbando cerca del oído de Petrovich, se llevó la mano izquierda a la sien.

Por poco… un poco más y no hago el cuento.

Petrovich comenzó a disparar, pero tuvo que ocultarse rápidamente, las balas rechinaban contra la columna.

Marcel, tienes que hacerlo. ¡Te lo ordeno!… te lo suplico.

Uno de los hombres se movía detrás de los autos.

Marcel comenzó a avanzar lentamente hacia él. El delincuente se quedó tranquilo, esperando que se le acercara. Marcel lo cogió por una mano.

¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!, que haces bruto, me estás haciendo daño.

El robot soltó inmediatamente.

¡Oh, no! Es mentira Marcel, te está engañando.

El hombre yacía en el piso, retorciéndose del dolor

¡Ay mi brazo! Me lo partiste, me lo partiste.

Mijail disparó, fue a disparar de nuevo pero… ¡no tenía balas!.

Marcel, Marceeel estoy perdido, sólo tu puedes salvarme. no puedes permitir que esos criminales me asesinen; tienes que detenerlos. Por favor Marcel… no hay otra solución.

Los otros dos hombres comienzan a avanzar disparando.

Marcel abandonó al que estaba sobre el suelo y avanzó hacia otro de los delincuentes.

No te me acerques, soy alérgico al metal, me puedes producir la muerte.

Marcel se detuvo en seco con los brazos extendidos.

Mientras tanto el que se quejaba, dejó de retorcerse y comenzó a disparar desde el suelo. El tercero avanzaba a toda prisa hacia Petrovich.

Soy alérgico, me voy a desmayar, no aguanto más y diciendo esto se desplomó.

¡ Marcel!, ¡Aquí! ¡Ayúdame!.

Ahí estaba el tercero de los delincuentes, apuntándole con la pistola.

Pero ya Marcel estaba junto a él, y de un tirón le arrancó el arma de la mano.

Pero si sólo estábamos jugando con él, en nuestro país se acostumbra a recibir a los extranjeros de esta forma.

Dame la pistola Marcel, rápido dame la pistola antes que…

El otro, el del “brazo partido”, estaba ya frente a Mijail apuntándole.

Claro Marcel era sólo un juego, nosotros estamos muy contentos de tenerlos con nosotros dijo el otro sin dejar de apuntarle.

Al grupo también se había unido el “alérgico”, pistola en mano apuntando a Petrovich.

Mijail se ocultó detrás de su robot.

Marcel me van a matar, dame la pistola.

No tienes ningún peligro, las balas son de mentiritas, a quien se le ocurre pensar que nosotros vamos a hacerle daño a un ser humano. Nosotros también cumplimos con la primera ley de la robótica, ¿Verdad muchachos?.

Tanto el “alérgico”, como el del “brazo partido”, se habían ido acercando cada uno por un lateral y ahora lo tenían a tiro.

Marcel, me van a matar; no te das cuenta. ¡Me van a mataaar!

No digas eso, estas balas no hacen daño, lo que hacen es producir la risa, y para demostrártelo…

Se escucharon uno, dos, tres disparos.

Se retorcía en el suelo, se convulsionaba; extendió su brazo.

¡Marcel ayúdame…

¡Mira! Que manera de divertirse. Ahora me toca a mi dispararle, dijo el otro mientras le apuntaba con su “brazo partido”.

Nuevamente se escucharon uno, dos, tres disparos y el cuerpo quedó inmóvil.

Los tres bandidos se acercaron al cuerpo ensangrentado de Mijail Petrovich y comenzaron a desvalijarlo: le quitaron el reloj, la sortija, la cartera y todo cuanto llevaba encima de valor.

El “desarmado” se acercó a Marcel.

Sabes que esa pistola me pertenece a mi, además está prohibido que los robot porten armas. Así que entrégamela.

Marcel extendió su brazo de hierro y abrió su mano.

Eso es. Eres un buen chico Marcel.

Los tres bandidos se alejaron riendo. Marcel permaneció allí inmóvil, rígido con la mano aún extendida.

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Acerca de Alejandro Madruga

Licenciado en Cibernética Matematica. Trabajo el tema de la Inteligencia Artificial desde 1986. He publicado articulos y ensayos sobre la Cibernetica y las tendencias tecnologicas. También he publicados narraciones de ciencia ficción
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