Bahía dormida

Contempla la bahía, amanece en el puerto. A lo lejos se escucha el pitazo de un barco. Un círculo asoma su cabeza roja por el horizonte. La luz del alba se reparte por todo el puerto y sus rayos encienden las chimeneas de los barcos, mientras un humo gris se eleva hasta el cielo. La loma le sirve de mirador y su vista puede alcanzar toda la bahía: el mar sereno, los barcos inmóviles, el silencio de la mañana; todo conspira para que un sentimiento de soledad se adueñe de su ser.

Observa desde lo alto aquel mundo desconocido, su mirada siempre descubre algo nuevo, y lo que más le sorprende, en ese día, eran aquellas casas de madera que parecían flotar sobre el mar: “¿que lugar será?, ¿en que siglo estaré?” Sus pensamientos se detienen. Recuerda porque se encuentra allí. Siente su presencia. Mira hacia todas partes nerviosamente: está ahi. Hecha a correr, guiada por una voz interior que la impulsa a evitarlo. Corre loma abajo, sobre una estrecha acera, jamás había descendido una pendiente y mucho menos corriendo; cae y rueda, se sale de la acera y se da un tremendo golpe contra uno de los extensos escalones de ladrillos, de su garganta escapa un grito de dolor… Despierta.

En la pantalla de la computadora apareció un mensaje:

CONTACTO INCONCLUSO.

Se quitó bruscamente el cintillo de la frente. Examinó sus brazos: no tenía un sólo rasguño. Observó la pantalla.

“¿Qué significado podía tener ese sueño? ¿Quién era él? ¿Por qué siempre aquel puerto?”

Nunca supo quién le envió aquel equipo. Un día tocaron a la puerta y le dejaron una caja, en la que venía una computadora, eso fue lo que ella creyó al principo, y una nota que decía: Esto es un inmersor de mundos virtuales, conéctalo a tu computadora y luego ponte el cintillo en la frente: te espero.

Aquella nota le causó una profunda impresión. Permaneció días sin atreverse a tocar aquel objeto. Al fin, un día lo hizo, y desde entonces lo ha estado repitiendo, siempre con el mismo resultado: aquel mundo desconocido y ese hombre que la perseguía arrojándola a un final trágico: caerse por un barranco, estar ahogándose, verse en un bote a la deriva. Esta última fue la que más le impresionó; nunca antes había montado un bote; la sensación fue tal que estuvo horas vomitando. Después de cada susto, se pasaba meses sin querer saber nada del inmersor, pero un impulso enfermizo la arrastraba a ponérselo nuevamente.

Había algo en aquel mundo que la cautivaba. Pensó en el hombre, el espíritu solitario que animaba esos sueños, en el miedo que le infundía. “¿Por qué no intentar hablar con él?”. En su subconsciente, sentía sus ojos tristes clavados sobre ella, tratando de escudriñar en lo más profundo de su ser: le temía. ¿Cómo resistir su mirada? ¿Era posible hablar con él, sin contagiarse con su nostalgia?

Presentía que ese hombre había vivido en aquel pueblo, en alguna de esas viejas casas despobladas, escuchando las historias de los hombres de barbas blancas, de piel quemada por el sol y de profundas arrugas en el rostro. Y por algún sentido extrasensorial, percibía sus huellas en cada calle polvorienta, en cada línea de ferrocarril, en cada bote tendido al sol; se preguntaba si existía algún lugar que él no hubiese pisado o tocado. Ese era su mundo con su olor singular: a sal, a caracoles, a aliento de peces.

Debía distraerse, no podía seguir preocupándose por aquella tontería. Decidió ir a la fiesta del club y olvidarse del maldito aparato. ¿Cuantas veces deseó desaparecerlo? Sin embargo, esa cosa seguia ahí, en su cuarto, en el mismo rincón de simpre; oculto a todas las miradas. Pero lo más extraño en ella, era el obstinado silencio que guardaba con respecto al equipo; nadie, absolutamente nadie conocía de su existencia.

¿Qué ropa me pondré?

Estuvo horas frente al ropero sin saber qué ropa escoger: “Este no me queda bien, este otro lo usé recientemente…”. Comenzó a molestarse consigo misma. “No se qué hacer. ¿Por qué seré tan desdichada?… No iré a ninguna parte”. Comenzó a llorar. Sabía que aquello no era motivo, pero sentía unos deseos incontenibles de llorar, y derramó lágrimas por todos los muertos; por los que fuerón y ya no son; por los que debían ser. El sueño la sorprendió llorando… Dormida.

He venido a tu mundo a pedirte que no me huyas. Necesito hablarte. Ven a mi mundo y escúchame.

Ella despertó asustada, contempló el cuarto vacío.

“Estuvo aquí, sé que era él. Me estoy volviendo loca. Fue sólo un sueño”.

Miró al reloj, eran la nueve de la noche.

“¿Y si hablara con él? No me va a pasar nada. Tengo que saber de una vez qué quiere de mí”.

Se colocó el cintillo en la frente y cerró los ojos, y quedó dormida.

Camina por una calle estrecha, hay casas de madera a ambos lados: parecían deshabitadas. El viento sopla frío, se sorprende, era verano. Y con mayor sorpresa aún, observa el cielo gris de aquella mañana invernal; siente frío y cruza ambas manos sobre su pecho, no lleva abrigo.

¿Por qué me hace esto? se pregunta en voz baja.

Pero nadie responde, sólo aquel profundo silencio, roto por el silbido nostálgico de algún barco cansado, que desea partir. Respira y siente ese olor peculiar. Presiente que está cerca. Se detiene desorientada, no sabe hacia dónde queda el mar. Se frota los brazos, no puede contener el temblor de los labios.

¿Qué quieres de mí?

Hecha a correr por las calles desiertas.

Maldito, maldito…

Atraviesa una línea de ferrocarril y recuerda que en una de sus inmersiones había estado allí. Ahora sabe que el mar está cerca. Siente los rayos del sol calentar su cuerpo. Mira al cielo agradecida, y ve al círculo amarillo abrirse paso entre las nubes; cierra los ojos, la luz la ciega; el aire frío deja de soplar; respira profundo, deja que sus pulmones se llenen de ese olor: frente a ella está el mar. Camina hasta un pequeño muelle. Presiente que aparecerá de un momento a otro. Al fin lo ve, estaba de espaldas, sentado en un muro, mirando hacia el mar. Se le acerca lentamente, se detiene detrás de él.

El sin volverse:

Este es mi puerto. Aquí viví hace más de cien años. Por estas calles corre mi sangre. Cada árbol que veas, recuerda que yo lo regué: de niño con el sudor de mis juegos, de adulto con el dolor de mi amor. Aquí dejé mis sueños, ahora son sólo fantasmas que traspasan las puertas de las casas deshabitadas y se sientan en un viejo sillón a esperar que llegue la luz de un nuevo día.

Su voz deja de escucharse, ve como las olas rompen contra el muro y lo salpican, también la alcanzan a ella. El no se inmuta, está acostumbrado a que el mar lo moje. El silencio se prolonga, se llena de valor y…

¿Qué quieres de mí? el temblor de su propia voz la sorprende.

Esa bahía que tu ves, ya no existe. La civilización la destruyó: contaminó el mar, destruyó los árboles, demolió las casas… Ahora es sólo un sueño, que viene desde un pasado dormido y espera por ti para que le des vida.

¿Por qué yo?

¿No lo recuerdas?

Y sin decir más se lanza al mar y nada hasta un bote que parece esperarlo, coge los remos y sin volver el rostro:

Todo esto es tuyo: te dejo mis barcos, mis calles, mi mar, mi bahía… ¿Llegarás a revivirla?

No te entiendo.

Se aleja sobre el mar, empujado por las olas; se aleja hasta salir por la desembocadura de la bahía, hacia el mar abierto.

Ni siquiera pudo ver su rostro. Sin embargo siente su mirada sobre ella, de alguna forma cree haber visto sus ojos, como si en algún momento de su vida se hubiesen encontrado.

Ahora está sola, su vista se clava en la bahía; ve como los peces de plata saltan fuera del mar y vuelven a sumergirse, sonríe. Avanza decidida hacia el muelle. Era un muelle de madera, parece no resistir su peso, aún están frescas las pisadas, hasta hoy no se había atrevido a subirse en él; sabe que nada puede pasarle. Avanza con los brazos abiertos, como si caminase por una cuerda floja, unos animalitos pequeños con muchas patas huyen al verla; ella se asusta, titubea unos segundos, no conoce que animales son (ignora que son jaibas), no tiene por qué asustarse. Siente deseos de aprender, de conocer aquel mundo. Ve a los animalitos descender por los troncos que sostienen al muelle, le llama la atención como mueven sus muelas. Luego observa las sogas amarradas al muelle, que sujetan a los botes, cada uno de ellos con un nombre escrito en la popa casi siempre nombres de mujer ; le gusta comtemplar su balanceo sobre las olas, a ella le parece que danzan al compas de la marea. Uno de ellos le llama poderosamente la atención: un bote azul que en letras doradas tiene grabado su nombre.

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Acerca de Alejandro Madruga

Licenciado en Cibernética Matematica. Trabajo el tema de la Inteligencia Artificial desde 1986. He publicado articulos y ensayos sobre la Cibernetica y las tendencias tecnologicas. También he publicados narraciones de ciencia ficción
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