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Bahía dormida

Contempla la bahía, amanece en el puerto. A lo lejos se escucha el pitazo de un barco. Un círculo asoma su cabeza roja por el horizonte. La luz del alba se reparte por todo el puerto y sus rayos encienden las chimeneas de los barcos, mientras un humo gris se eleva hasta el cielo. La loma le sirve de mirador y su vista puede alcanzar toda la bahía: el mar sereno, los barcos inmóviles, el silencio de la mañana; todo conspira para que un sentimiento de soledad se adueñe de su ser.

Observa desde lo alto aquel mundo desconocido, su mirada siempre descubre algo nuevo, y lo que más le sorprende, en ese día, eran aquellas casas de madera que parecían flotar sobre el mar: “¿que lugar será?, ¿en que siglo estaré?” Sus pensamientos se detienen. Recuerda porque se encuentra allí. Siente su presencia. Mira hacia todas partes nerviosamente: está ahi. Hecha a correr, guiada por una voz interior que la impulsa a evitarlo. Corre loma abajo, sobre una estrecha acera, jamás había descendido una pendiente y mucho menos corriendo; cae y rueda, se sale de la acera y se da un tremendo golpe contra uno de los extensos escalones de ladrillos, de su garganta escapa un grito de dolor… Despierta.

En la pantalla de la computadora apareció un mensaje:

CONTACTO INCONCLUSO.

Se quitó bruscamente el cintillo de la frente. Examinó sus brazos: no tenía un sólo rasguño. Observó la pantalla.

“¿Qué significado podía tener ese sueño? ¿Quién era él? ¿Por qué siempre aquel puerto?”

Nunca supo quién le envió aquel equipo. Un día tocaron a la puerta y le dejaron una caja, en la que venía una computadora, eso fue lo que ella creyó al principo, y una nota que decía: Esto es un inmersor de mundos virtuales, conéctalo a tu computadora y luego ponte el cintillo en la frente: te espero.

Aquella nota le causó una profunda impresión. Permaneció días sin atreverse a tocar aquel objeto. Al fin, un día lo hizo, y desde entonces lo ha estado repitiendo, siempre con el mismo resultado: aquel mundo desconocido y ese hombre que la perseguía arrojándola a un final trágico: caerse por un barranco, estar ahogándose, verse en un bote a la deriva. Esta última fue la que más le impresionó; nunca antes había montado un bote; la sensación fue tal que estuvo horas vomitando. Después de cada susto, se pasaba meses sin querer saber nada del inmersor, pero un impulso enfermizo la arrastraba a ponérselo nuevamente.
Había algo en aquel mundo que la cautivaba. Pensó en el hombre, el espíritu solitario que animaba esos sueños, en el miedo que le infundía. “¿Por qué no intentar hablar con él?”. En su subconsciente, sentía sus ojos tristes clavados sobre ella, tratando de escudriñar en lo más profundo de su ser: le temía. ¿Cómo resistir su mirada? ¿Era posible hablar con él, sin contagiarse con su nostalgia?

Presentía que ese hombre había vivido en aquel pueblo, en alguna de esas viejas casas despobladas, escuchando las historias de los hombres de barbas blancas, de piel quemada por el sol y de profundas arrugas en el rostro. Y por algún sentido extrasensorial, percibía sus huellas en cada calle polvorienta, en cada línea de ferrocarril, en cada bote tendido al sol; se preguntaba si existía algún lugar que él no hubiese pisado o tocado. Ese era su mundo con su olor singular: a sal, a caracoles, a aliento de peces.

Debía distraerse, no podía seguir preocupándose por aquella tontería. Decidió ir a la fiesta del club y olvidarse del maldito aparato. ¿Cuantas veces deseó desaparecerlo? Sin embargo, esa cosa seguia ahí, en su cuarto, en el mismo rincón de simpre; oculto a todas las miradas. Pero lo más extraño en ella, era el obstinado silencio que guardaba con respecto al equipo; nadie, absolutamente nadie conocía de su existencia.

¿Qué ropa me pondré?

Estuvo horas frente al ropero sin saber qué ropa escoger: “Este no me queda bien, este otro lo usé recientemente…”. Comenzó a molestarse consigo misma. “No se qué hacer. ¿Por qué seré tan desdichada?… No iré a ninguna parte”. Comenzó a llorar. Sabía que aquello no era motivo, pero sentía unos deseos incontenibles de llorar, y derramó lágrimas por todos los muertos; por los que fuerón y ya no son; por los que debían ser. El sueño la sorprendió llorando… Dormida.

He venido a tu mundo a pedirte que no me huyas. Necesito hablarte. Ven a mi mundo y escúchame.

Ella despertó asustada, contempló el cuarto vacío.

“Estuvo aquí, sé que era él. Me estoy volviendo loca. Fue sólo un sueño”.

Miró al reloj, eran la nueve de la noche.

“¿Y si hablara con él? No me va a pasar nada. Tengo que saber de una vez qué quiere de mí”.

Se colocó el cintillo en la frente y cerró los ojos, y quedó dormida.

Camina por una calle estrecha, hay casas de madera a ambos lados: parecían deshabitadas. El viento sopla frío, se sorprende, era verano. Y con mayor sorpresa aún, observa el cielo gris de aquella mañana invernal; siente frío y cruza ambas manos sobre su pecho, no lleva abrigo.

¿Por qué me hace esto? se pregunta en voz baja.

Pero nadie responde, sólo aquel profundo silencio, roto por el silbido nostálgico de algún barco cansado, que desea partir. Respira y siente ese olor peculiar. Presiente que está cerca. Se detiene desorientada, no sabe hacia dónde queda el mar. Se frota los brazos, no puede contener el temblor de los labios.

¿Qué quieres de mí?

Hecha a correr por las calles desiertas.

Maldito, maldito…

Atraviesa una línea de ferrocarril y recuerda que en una de sus inmersiones había estado allí. Ahora sabe que el mar está cerca. Siente los rayos del sol calentar su cuerpo. Mira al cielo agradecida, y ve al círculo amarillo abrirse paso entre las nubes; cierra los ojos, la luz la ciega; el aire frío deja de soplar; respira profundo, deja que sus pulmones se llenen de ese olor: frente a ella está el mar. Camina hasta un pequeño muelle. Presiente que aparecerá de un momento a otro. Al fin lo ve, estaba de espaldas, sentado en un muro, mirando hacia el mar. Se le acerca lentamente, se detiene detrás de él.

El sin volverse:

Este es mi puerto. Aquí viví hace más de cien años. Por estas calles corre mi sangre. Cada árbol que veas, recuerda que yo lo regué: de niño con el sudor de mis juegos, de adulto con el dolor de mi amor. Aquí dejé mis sueños, ahora son sólo fantasmas que traspasan las puertas de las casas deshabitadas y se sientan en un viejo sillón a esperar que llegue la luz de un nuevo día.

Su voz deja de escucharse, ve como las olas rompen contra el muro y lo salpican, también la alcanzan a ella. El no se inmuta, está acostumbrado a que el mar lo moje. El silencio se prolonga, se llena de valor y…

¿Qué quieres de mí? el temblor de su propia voz la sorprende.

Esa bahía que tu ves, ya no existe. La civilización la destruyó: contaminó el mar, destruyó los árboles, demolió las casas… Ahora es sólo un sueño, que viene desde un pasado dormido y espera por ti para que le des vida.

¿Por qué yo?

¿No lo recuerdas?

Y sin decir más se lanza al mar y nada hasta un bote que parece esperarlo, coge los remos y sin volver el rostro:

Todo esto es tuyo: te dejo mis barcos, mis calles, mi mar, mi bahía… ¿Llegarás a revivirla?

No te entiendo.

Se aleja sobre el mar, empujado por las olas; se aleja hasta salir por la desembocadura de la bahía, hacia el mar abierto.

Ni siquiera pudo ver su rostro. Sin embargo siente su mirada sobre ella, de alguna forma cree haber visto sus ojos, como si en algún momento de su vida se hubiesen encontrado.

Ahora está sola, su vista se clava en la bahía; ve como los peces de plata saltan fuera del mar y vuelven a sumergirse, sonríe. Avanza decidida hacia el muelle. Era un muelle de madera, parece no resistir su peso, aún están frescas las pisadas, hasta hoy no se había atrevido a subirse en él; sabe que nada puede pasarle. Avanza con los brazos abiertos, como si caminase por una cuerda floja, unos animalitos pequeños con muchas patas huyen al verla; ella se asusta, titubea unos segundos, no conoce que animales son (ignora que son jaibas), no tiene por qué asustarse. Siente deseos de aprender, de conocer aquel mundo. Ve a los animalitos descender por los troncos que sostienen al muelle, le llama la atención como mueven sus muelas. Luego observa las sogas amarradas al muelle, que sujetan a los botes, cada uno de ellos con un nombre escrito en la popa casi siempre nombres de mujer ; le gusta comtemplar su balanceo sobre las olas, a ella le parece que danzan al compas de la marea. Uno de ellos le llama poderosamente la atención: un bote azul que en letras doradas tiene grabado su nombre.

Avanza sigiloso por las calles, oteando cada esquina: a veces desciende un poco para observar algo, nada importante, y se eleva nuevamente en busca de mayor visibilidad: las calles están desiertas. Comienza a girar sobre sí mismo. Al fin divisa a un hombre tendido en el piso, desciende hasta pegarse a su cara: es un borracho, nada interesante. Sube, se remonta por encima de los edificios sin rostro, las ventanas cerradas; ni un solo sonido. A lo lejos divisa otra esfera. Se trasmiten mutuamente: es un canal rival, se corta todo contacto y cada cual continúa su camino en busca de alguna noticia sensacional que conmocione a todos y que reporte grandes ganancias.

Envié otro guión para FamaVideo y no me lo aceptaron, ¿qué tengo que hacer para que me lo acepten?

La madre no lo escuchaba, su mirada recorría la pantalla de la computadora revisando las ofertas del servicio de restaurantes a domicilio. Contemplaba el decorado de los platos: “Éste parece sabroso”. Presionó el teclado, y se recostó hacia atrás satisfecha, ahora sólo tenía que esperar unos minutos hasta que llegase el pedido al área de recepción, donde el manipulador de alimentos se ocuparía de preparar la mesa, por supuesto que al estilo del restaurante escogido, lo cual requería de cierta ambientación y de un pago adicional, era como comer fuera sin salir de casa. Lo cual le encantaba…

Mami, no me escuchas.

Ella observó a su hijo: “cómo ha crecido, ya casi es un hombre. ¿Qué edad tiene ya? Deja ver…”. Consultó a la memoria de la computadora: “¡Dieciséis años! Yo no sé por qué no engorda. Le preguntaré a Sofía si su hijo también está tan delgado, hay que hacer algo para que engorde…”.

No vale la pena hablar contigo, tú no escuchas, nunca escuchas.

El joven encendió la pared pantalla y se conectó con la transmisión en directo del programa “La ciudad al desnudo”. En la pantalla aparece el tele reportero, esa esfera tan familiar en la vida de todos, y que luego de rotar varias veces, se aleja a gran velocidad. Las oscuras calles quedan al descubierto, la cámara implacable se desplaza, está a la caza de imágenes: Allí estaba la imagen buscada, un hombre se movía entre las sombras. El joven se recostó hacia atrás y se aferró a los brazos de la butaca, era el hombre lobo. Le decían así porque utilizaba unas guantillas terminadas en forma de garras con las cuales desgarraba el cuello de sus víctimas.

Otra vez viendo esa porquería.

El joven no se inmutó, era su padre con la misma cantaleta de siempre.

¡Cuántas veces te voy a decir que todo eso es mentira!, que nada de eso sucede en realidad. Hace tiempo que esa información dejó de ser fidedigna. Esos malditos satélites rastrean la ciudad constantemente y como no encuentran ninguna noticia sensacional, la inventan. Sólo “Canal real”, que es el oficial, trasmite con cierto realismo, y para eso funciona tan sólo dos horas al día. ¿Sabes por qué? Porque en las calles no ocurre nada, ¡Nada! Lo que estás viendo son filmaciones falsas, videos elaborados por gentes sin escrúpulos, que pretenden mantener a los tontos sentados el día entero frente a la pantalla haciéndoles creer que esas cosas suceden allá afuera. Hace años que todos los canales están falseando la realidad, a partir de aquellas primeras tomas de violaciones y asaltos en vivo trasmitidas por “Canal real”, surgió una explosión de violaciones, asesinatos, robos… Y lo peor es que tienen a la población asustada…

Tú sólo repites lo que dice tu amigo el científico.

Yo no repito nada, y si lo repito es porque es verdad. A ver, ¿cómo tú crees que ese asesino puede estar circulando libremente por la calle sin que la policía lo capture?, y sin embargo, una esferita esta detrás de él filmando todo lo que hace. ¿No es absurdo?

Ahí está el justiciero azul gritó el muchacho emocionado éste es el fin del hombre lobo.

Tonterías, sólo esto me faltaba, tener un hijo retrasado mental y se alejó dando un resoplido en busca de su esposa.

La encontró en el cuarto, pero era como si no estuviera, tenía puesta aquella careta con los dichosos guantes, ella movía su mano enguantada como si cogiera algo, después parecía examinarlo detenidamente, y hacía como si lo colocara nuevamente, volvía a coger otro lo examinaba y pasaba suavemente la mano que descendía sobre el aire.

“Ahora era imposible hablar con ella, debe estar en alguna tienda de ropas haciendo sus compras virtuales”.

Ya se iba a ir cuando escuchó un gemido, vio a su esposa alzar sus manos enguantadas, su cuerpo temblaba sin parar.

¡Eh!, ¿a ti qué te pasa?

Pero ella no podía escucharlo

¿Qué te sucede? Volvió a gritarle.

Ella cayó sobre el suelo como empujada por alguien, y se puso bocabajo con las manos sobre la nuca. El se precipitó sobre la computadora y la desconectó, luego se acercó a su esposa y le quitó los espejuelos, sus ojos azules se movían inquietos hacia todas las direcciones, luego la despojó de sus guantes, ella se abrazó a él temblando.

¿Qué te sucedió?

Unos ladrones entraron armados a la tienda y dispararon sobre el guardia y…

También tú crees esas cosas. Te han tomado el pelo, eso que tu viste es tan sólo un programa alterado, es parecido a los virus informáticos, eso es, son como una especie de virus que le han introducido a los sistemas de realidad virtual, y no son mas que delincuentes virtuales o asesinos informáticos…

Ah, esos son los asesinos informáticos.

Siii, pero en realidad no son más que programas elaborados por algún experto con fines comerciales, detrás de eso está la creación de nuevos mercados, por ejemplo ya están a la venta los policías informáticos, que no son más que vigilantes que se ocupan de evitar que esos delincuentes virtuales penetren en el sistema. Por cierto que debes reportarlo no vaya a ser que estén instalados en tu computadora.

¿Tú crees?

Seguro, te aconsejo que llames cuanto antes, si no quieres pasar otro susto.

El muchacho estaba aburrido y se puso a mirar algunos de sus videos, transformaciones hechas, cuando niño, a través del software AutoVIDEO. Allí estaba convertido en Tarzán saltando de una rama a otra, aunque era su rostro actual, entonces tenía diez años, no era ni por asomo su cuerpo. En aquella época él utilizó un programa convertidor que tomaba su biotipo actual y lo convertía en un adulto, por supuesto que su físico era demasiado enclenque por lo que recurrió a otro programa, Sansón el cual después de analizar su estructura ósea y sus músculos, lo sometía a un intenso sistema de ejercicios, hasta transformarlo en un joven atlético. Ahora sólo faltaba sustituir al héroe de la película por su propia imagen computarizada.

Desde entonces fue Tarzán, Superman, Batman… Pero todo aquello pertenecía a su infancia, eran fantasías de niño. Ahora quería algo más real. Contempló su imagen en la pantalla y se admiró de esa corpulencia que nunca llegó a alcanzar por más ejercicios que hizo. Aunque es justo reconocer que jamás llevó a cabo un plan sistemático de ejercicios, siempre careció de voluntad para dedicarse a algo en serio.

Mira Patricio, las cámaras están filmando nuestro barrio, ven para que veas las calles en vivo. Mira, está lloviendo.

¿Lloviendo? A lo mejor sale el asesino de la lluvia. Siempre que llueve torrencialmente aparece dijo el joven mientras se ponía de pie y salía deprisa para la sala.

Bueno no es un aguacero, lo que se dice un aguacero… Está apretando la lluvia, escucha los truenos. Ahora sí, tremendo aguacero.

El padre también corrió hacia donde estaban ellos.

Al fin cometieron un desliz, el observatorio anunció que hoy no llovería. Son unos farsantes.

Una figura con un impermeable oscuro se movía por las calles.

Ahí está gritó el joven.

Ese es… el asesino de la lluvia dijo la madre sumamente impresionada.

No sean idiotas todo eso es mentira, no puede estar lloviendo.

¿Cómo puedes estar tan seguro? preguntó la mujer.

Vengan conmigo les voy a demostrar que todo eso es mentira. Vamos a ver la ventana del fondo, la que da a la calle.

Ambos salieron detrás de él, el joven lanzó una última mirada a la pantalla: el asesino estaba detenido, hundió ambas manos en el impermeable y comenzó a silbar aquella tonadilla…

El padre apretó un botón y apareció una ventana de forma ovalada. No pudo evitar dar un salto hacia atrás: sobre el cristal golpeaban gruesas gotas.

No puede ser…

El joven corrió hacia la sala, la madre detrás. Ella lanzó un grito de horror. El asesino estaba caminando por el frente de la casa.

Esa lluvia es mentira gritó el padre furioso.

Entonces, por qué no abres la puerta y sales a la calle y te cercioras le dijo el hijo en tono desafiante . Mira ahí está, si sales podrás verlo. ¡Vamos sal! ¡Él está allá afuera!

El agua caía a chorros sobre su sombrero, calado hasta las cejas. Sus enormes ojos inexpresivos se abrieron desmesuradamente y un brillo esquizofrénico iluminó su rostro y sus labios se plegaron en una larga sonrisa, aquella enigmática sonrisa que le helaba el alma a los televidentes: ya tenía un plan, sacó su mano del bolsillo, un objeto metálico resplandecía en su mano izquierda. Comenzó a caminar de manera resuelta. La puerta de la casa le quedaba a sólo pocos pasos.

Viene para acá gritó la madre, y se abrazó al hijo.

Esto es una broma de mal gusto, voy a llamar a la policía.

El teléfono no funcionaba.

Míralo ahí, viene a matarnos gimió la mujer sin soltarse del hijo.

Pero… Ya, esto es el colmo. ¿Qué pretenden?, asustarnos. Mañana me voy a quejar a la policía. Mañana van a ver…

Afuera, alguien tocaba a la puerta.

Zaida

Siempre acostumbro venir aquí, a evocar su recuerdo, a contemplar nuestro mar; donde ella descansa. En este lugar la encontré y aquí mismo, desde este promontorio, la arrojé al mar. Sí, la arrojé al mar. Yo no quería. No sé cómo pude volver para cargarla… Cerré los ojos para no verla y traté de imaginármela como era, tan hermosa. La dejé caer en la parte más profunda, tal como ella lo deseaba. Desde entonces no he dejado de pensar en ella.

Todo fue tan breve, como una ilusión; si no fuera por los cuadros pensaría que lo soñé. Pero quedan los cuadros; donde aparece ella, tan viva, tan real. Antes de conocerla carecía de voluntad para pintar; abandonaba todas las obras siempre a medias. Necesitaba de alguien que me alentara, que le diera sentido a mi vida, y esa inspiración me la dio ella: Zaida.

Caminaba cerca de los arrecifes, entre los afilados dientes de perro, como cada tarde, hasta que el sol comenzaba a precipitarse sobre las aguas. Buscaba, entonces, mi lugar preferido, dos prominentes rocas que soportaban de lado a lado una gruesa tabla; ahí me sentaba yo, y me sigo sentando aún, a contemplar los colores del crepúsculo, a soñar; dejaba volar mi fantasía, fantasía de un hombre solitario, de un artista fracasado.

La fantasía más común en mi, la que siempre trate de reflejar en mis cuadros, era el mito de Venus emergiendo del mar. La veía caminar sobre las olas con sus cabellos sueltos, ondulando sobre el aire: la diosa venida del mar, con los caracoles aún enredados en su pelo negro, cubierto su cuerpo de arena. Así quería pintarla yo; pero entre el pensamiento y la acción, existe un pasadizo oscuro, rodeado de abismos y es tan fácil caer desde la altura de los sueños y extraviarse por el sendero de la locura.

Por aquel entonces me encontraba abatido. Había perdido toda esperanza. Ya no esperaba nada del mundo, sólo esa honda nostalgia, esa larga soledad ante el inmenso mar: nada despertaría mi desencantado espíritu. Así pensaba yo. No podía imaginarme que cuando la tarde expirara y la oscuridad comenzara a adueñarse de mi alma, aparecería aquella luz, que vendría a cambiar mi vida. Y esta parte, la más fantástica e increíble, es la que me dispongo a contarles.

Mi vista estaba fija en el mar, casualmente en el punto, donde una tenue luz comenzó a surgir de las aguas, iluminando la incipiente noche: un objeto brillante emergía del mar. Tenía la forma de una concha gigantesca, al menos eso me pareció. El mar se había calmado y dejaba que aquella cosa flotara suavemente sobre sus aguas. Observé, cómo comenzaba a abrirse dejando ver una ranura de la cual brotaba una luz amarillenta que me cegó, y me obligó a cerrar los ojos. Cuando los abrí nuevamente, vi cómo la luz se dirigía hacia la parte más alta de los arrecifes formando un puente con la concha.

Fue entonces, cuando del interior salió una mole oscura y comenzó a avanzar sobre la luz: era un animal monstruoso. Tenía dos ojos redondos y abultados, como los de un sapo, su cabeza era lisa y la piel negra. No tenía una figura definida, a veces se alargaba como una enorme serpiente , otras se encogía y aplastaba como una gran medusa. Daba la impresión de algo blando, gelatinoso.

De pronto aquella cosa se detuvo y se alzó tomando la forma de un gigantesco pulpo negro, a la vez que su diabólica figura se iba estirando caprichosamente. Se volvió hacia mi; el monstruo me había visto y me miraba fijamente con aquellos voluminosos ojos grises. Traté de escapar pero caí y perdí el conocimiento.

Cuando volví en mí, ella estaba allí, con su pelo negro y lacio, sus ojos, entre azules y grises; con aquella mirada penetrante que me llegaba hasta lo más profundo del ser. Ella dejó de mirarme y sentí un ligero mareo, acompañado de una sensación de vacío. Al fin me repuse.

—¿Quién eres? —le pregunté.
—Vine en esa nave que tú viste.
—¿Y el monstruo?
—No es un monstruo. Es un animal inofensivo que utilizamos como rastreo, es muy sensible a los cambios, por eso lo hacemos descender primero; si no le ocurre nada, es que no hay peligro.
—¿Y la nave?
—Se ha ido.
—¿Y tú…?
—Yo me quedé, necesito tu ayuda.
—¿Mi ayuda?
—No sé a dónde ir, además nadie debe verme… ayúdame.

Vi en sus ojos grises esa tristeza, esa infinita melancolía que de alguna forma me era conocida.

—Te llevaré a mi casa. ¿Quieres?
—Sí, pero quiero pedirte algo, nadie debe verme, ni siquiera conocer que estoy aquí.

Yo asentí con la cabeza, ella subió al auto, salimos a la carretera. Había un grupo de niños jugando en la calle, a través del espejo, vi como ella se ocultaba. ¡No quería que la vieran! Me preguntaba entonces ¿por qué?

Cuando llegamos a la casa, me pidió que cerrara todas las ventanas, y que no abriera la puerta sin antes avisarle para darle tiempo a esconderse. ¿A qué le temía?

Yo tenía una ventana que daba al mar, desde allí veía si había oleaje, si variaban los tonos de azul o si pasaba algún barco; ella me pedía que la cerrara, que dejara de ver ese mar, de respirar su brisa. Pero lo que yo no sabía era, que al cerrarla, estaba abriendo otras ventanas desconocidas.

Pronto me acostumbré a estar encerrado, había perdido todo deseo de salir. En ella todo era enigmático: sus ojos grises, a veces inexpresivos, otras centelleaban y se encendían con luces azules, y su voz tan suave y melodiosa que parecía venir de todas partes, que me estremecía. Zaida. Ése era su nombre, aunque, jamás tuve que utilizarlo. Cuando pensaba en llamarla, ella aparecía al momento; claro, leía mis pensamientos. Nos pasábamos las horas hablando. siempre se las ingeniaba para que la conversación girase en torno de mi vida. Con el tiempo no tenía nada que contarle. En cambio yo de ella; nunca supe nada.

Me acerco a ella sigilosamente; yo sé que lo sabe, siempre me está esperando. Ella se vuelve hacia mí; lo sabía, me presiente. Yo le sonrío. En sus ojos grises aparece un destello azul… Me le acerco y el brillo azul desaparece; entonces, ella me mira con aquellos ojos grises, inexpresivos. Siempre es igual, siento que me ama, cuando en sus pupilas aparece esa lucecilla azul. Pero también, siento que me rechaza, cuando sus ojos se apagan y se tornan grises. Siempre he sido un hombre muy tímido, quizás no sean más que justificaciones, pero estoy seguro que es así.

Ella ha aceptado posar para mis cuadros. Es extraño, pero viéndola, me imagino el paisaje, he pintado mis cuadros mas hermosos, siempre ella y el mar. Puedo ver cómo el viento bate su pelo, cómo las olas la salpican y contemplarla caminar sobre la superficie del mar. Aunque todo permanece cerrado, mis ojos están más abiertos que nunca; viéndola, puedo ver los colores del cielo, del mar… Hasta del aire. Sólo había un problema: comencé a tener pesadillas, y en todas aparecía aquel horripilante ser que salió de la nave; no podía dormir bien y me pasaba todo el día con sueño, me dormía pintando y tenía la impresión de que pintaba dormido. Esta suposición me intrigaba enormemente y me asustaba. ¿Estaría perdiendo la noción del sueño y de la realidad?
Una mañana alguien toca a la puerta; era un primo que de vez en cuando me hacía la visita. Siento una voz interior que me dice que no lo reciba, que nadie la debe ver. Me excuso, le digo que no lo puedo atender, que estoy muy ocupado pintando: él insiste. Su voz me suplica que no lo deje entrar. Lo despido bruscamente:su cara toma una expresión suspicaz, sospechando que oculto algo, y al fin se retira.

Se acerca agradecida; veo coquetear en sus ojos esa luz azul; yo me aproximo, y mi corazón late deprisa; fijo mis ojos en los suyos, radiantes, encendidos con fuegos azules. ¡Me amaba! Le tomo la mano y la suelto inmediatamente; contemplo sus ojos grises, su rostro excesivamente pálido; retrocedo impulsado por un nuevo temor: la impresión de haber tocado a un muerto.

No lo podía entender, pero eso fue lo que sentí en ese momento. ella era un ser de otro planeta, entonces, su cuerpo podía tener otra temperatura. Era sólo el miedo ancestral a la muerte, a lo desconocido. Ésa fue la explicación que traté darme.

—¿Por qué nunca me hablas de ti? —le pregunté sin mirarla.
—Debo decirte algo, que ya te imaginas. Soy telépata. Sé todo lo que piensas…
Me miró fijamente con sus ojos grises, y pude percibir en ellos dolor… No tristeza, sino dolor; dolor físico; Dolor que soportaba.
—Esto es un experimento. no sabíamos que ustedes eran tan emotivos, tan sentimentales. Nosotros en mi planeta, somos mentes… mentes lógicas, carentes de sentimientos. En cambio tú… He aprendido contigo a sentir cosas que nunca antes estuvieron a mi alcance. Pero somos diferentes.
—No me importa nada, sólo quiero tenerte a mi lado.
—Pero existen cosas que aún no comprendes, ni comprenderás. Yo puedo inducirte a pensar, y a imaginar cosas que no existen en tu realidad; pensamientos que al unirse con los tuyos conformarán imágenes, vivientes, sentimentales; (o lo pones en otra frase). Es imposible entrar en contacto contigo, sin sentir, sin sufrir… sin…
Calló. Cerró sus ojos, y vi una lágrima correr por sus mejillas.
—Muchas cosas no estaban previstas. Yo soy lo que tú siempre has deseado. Pero ese sentimiento me está enfermando. No estoy preparada para esto. Mi mente no soporta esta carga emocional.

Habló en un tono que no era habitual en ella. Yo creí que allí estaba la razón de su conducta: que ella podía saber todo lo que yo pensaba, que podía incluso crear alucinaciones, y que yo nunca podría saber nada de ella. ¿Era eso lo que la hacía rechazarme? ¿Porque no quería que nadie la viese? No podía aceptar que mis sentimientos la enfermaran. Ella tenía razón dos puntos había cosas que no comprendía.

Yo la amaba. La amaba con el amor acumulado durante años, años de soledad, de espera; ahora la había encontrado, la tenía a mi lado, bajo mi propio techo. Era inevitable que llegara a amarla, y la amé; me adapté a amarla como ella quería.

Cada día se veía mas pálida. No era su palidez natural sino que, su piel había tomado un color cenizo, sus ojos apenas lograban aquel brillo azul de antaño, y lo peor era que no respiraba; pero tenía la impresión de que ella jamás había respirado; Si, nunca le había visto el mas mínimo movimiento para aspirar el aire, sé que es imposible si aceptamos que su organismo es igual al nuestro; pero yo tenía el presentimiento de que no era así, y que sin dudas, esa era la causa de su rechazo. Y estaba en lo cierto.

Y aunque sentía que me amaba, estaba convencido que todo contacto era imposible. Desistí de mis impulsos de abrazarla por temor a hacerle daño. Me conformé con pintarla, con verle caminar suavemente por la habitación; con dejarle acariciar todo; con verle vivir, vivir junto a mí, creando imágenes; con ver sus ojos grises, tan tristes, con esa perdida mirada azul.

La casa seguía cerrada; habitada sólo por mis cuadros, ella y yo. Yo sentía cómo su palidez lo cubría todo. Su voz se convertía en un susurro, y sus ojos, sus ojos sin luz, me miraban con una expresión cada vez más triste y desolada. ¡Se moría! ¡Yo sabía que se moría!

Esa tarde me pidió que la llevara hasta el mar, al mismo lugar donde nos encontramos. Sentí miedo, tenía el presentimiento de que la iba a perder, y me resistía a esa idea. Creo que Siempre lo supe, y cuando llegó el momento; fui egoísta, muy egoísta.

Desde entonces no he podido pintar. mi mano tiembla y se me caen los pinceles. ¿Quién sabe cuánto sufrió ella?… Si, ¡ella! Para mi siempre será ¡Zaida!, a pesar de todo. Desde entonces vivo con ciertos interrogantes: ¿cuál era su misión? ¿Hacer contacto? Hoy creo que ella se sacrificó; tal vez por nosotros, quizás por conocer nuestros sentimientos, y esto es lo que yo creo: esa criatura deseaba conocernos, deseaba… ¿ por qué no? Que alguien la amara.

Salimos en el auto; igual que cuando la traje, ella se ocultaba.

—¿No me has dicho por qué nadie debe verte? —le pregunté.
—Sólo tus ojos pueden verme, ¿o es que lo has olvidado? Sólo tú puedes verme. Sólo tú.

Era ella la que hablaba, y yo sentía su voz; sí la sentía, la sentía dentro de mí, y la sentía sufrir. No sé cómo explicarlo, pero la sentía sufrir dentro de mí.

Llegamos. Ella se paró en el mismo lugar donde nos encontramos. Se volvió hacia mí; a través de sus ojos transparentes, pude ver el azul del mar. Fue una imagen fugaz; luego sin decir nada, se alejó hacia un promontorio.

—¿Qué vas a hacer? —grité.

Pero ella no respondió. Corrí hasta alcanzarla y la sujeté con todas mis fuerzas. Forcejeamos y caímos al suelo unidos. La tenía por primera vez en mis brazos. Ella estaba helada, pero ya nada me importaba; estaba bajo un estado febril y solo deseaba que viviese, que viviese para mí, para mis cuadros.

—Por favor suéltame, suéltame antes de que sea demasiado tarde.
la tenía en mis brazos, y no la iba a soltar; sabía lo que intentaría.
—¡No!, ¡no te dejaré!, ¡no puedes morir!; te necesito.
—Te lo suplico, suéltame —su voz era un quejido.
—No… Nunca, nunca…

Y comencé a besarla largamente, como lo había deseado, como tantas y tantas noches lo había soñado.

—Por favor … déjame ir… no me detengas… no debes verme…voy a morir…

Su voz se escuchaba cada vez más lejos, más lejos; hasta dejar de escucharse. (su voz llegaba desde más y más lejos, hasta que dejé de escucharla) Estaba muerta. Desesperado, Hundí mi cabeza en su pecho. Fue entonces, cuando sentí mis manos resbalar sobre una superficie lisa, blanda, y que se hundían en algo viscoso que se escurría de mis dedos, incapaces de retenerlo. Separé el rostro y vi su pecho oscuro. Alcé la vista y vi dos grandes ojos redondos, voluminosos, y dos pupilas grises, inexpresivas. Lancé un grito de horror, mientras trataba de deshacerme de aquella cosa gelatinosa. Comencé a rodar, a arrastrarme (dando tumbos) entre los arrecifes, tratando de alejarme lo más posible de aquello. Me detuve un momento, ; quería cerciorarme, quería estar seguro. A pesar de mi horror, logré volver el rostro y mirar aquello. ¡Si! ¡Era eso! ¡El monstruo que salió de la nave!… Cerré los ojos para no verlo y tratar de imaginármela como había sido, tan hermosa… ¡Zaida!

Casa muerta

Se mueve inquieto dentro del cuarto; afuera comienza a llover; sabe lo que eso significa, bien que lo sabe; alza la vista y espera. Afuera la lluvia golpea sobre la vieja madera, el techo se queja lastimosamente; espera, de un momento a otro… La lluvia arremete furiosa contra el endeble techo que comienza a dejar entrar gruesas gotas. Corre a buscar los recipientes, empieza la cacería de goteras; después a rodar la cama, no existe un lugar donde se pueda colocar y que no se moje: el agua los tiene acorralados. Toca el colchón, lo que queda de él, y se sienta en una esquina de la cama a contemplar los hilos de agua que se descuelgan y caen, muy cerca, tan cerca que le salpican los pies. Observa cómo se forman los charcos, la casa se inunda; de nada sirve rodar nuevamente la cama, ya no hay escapatoria. Su mirada cansada se detiene en las paredes rajadas; sonríe de infelicidad, podría llorar, ya hay demasiada agua esparcida, y sólo le queda sonreír.

¡Once horas!, he dormido once horas.

Se puso de pie y salió al pasillo, las luces se fueron encendiendo a su paso, se llevó la mano a la frente.

¿Desea algo señor? dijo una voz dentro de la casa.

Nada, déjame en paz.

Disculpe volvió a decir la voz.

Se detuvo en la cocina. Estaba limpia, reluciente. Observó el techo, allí jamás caería una gota de agua, recubierto de un material sensitivo, que contenía una red electro¬mecánica la que estaba controlada por un sistema inteligente que era capaz de aprender, a través de una base de conocimientos que se había ido ampliando con el tiempo con la interacción hombre casa. Era a prueba de incendios y de robos. Y si entrar en ella era casi una proeza, salir era totalmente imposi¬ble; y ni qué decir llegar hasta el dueño. La casa era su guardián. Estaba dotada de un sistema de diagnóstico que chequeaba cuando tenía fiebre y hasta si estaba de mal humor, como en este momento, en el que por nada del mundo volvería a importunarle; ahora debía guardar silencio y esperar.

Avanzó hacia el centro, hizo un gesto característico en él; la casa comprendió, inmediatamente se abrió un compartimento y surgió una comida sencilla; conocía muy bien sus costumbres. Se acercó el bocadito a los labios y su mano quedó suspendida en el aire, no podía borrar de su mente aquella pesadilla. Cómo se le podía ocurrir semejante idea, una casa que se moja; eso era ridículo dejó escapar una risita casi inaudible, no para el fino oído de la casa que registraba cada sonido . Mordió el bocadito. ¿Quién era aquel hombre? ¿Por qué cada vez se prolongaban más sus horas de sueño? Presentía que aquel sueño era una realidad para alguien, en alguna parte del mundo, de un mundo olvidado, alguien llevaba una existencia infrahumana y lanzaba su desesperanza al aire, y él por algún hilo desconocido la recibía; recibía la realidad de otro. “¿Otro yo?” Le asustó la idea. No podía estar en los dos lugares a la vez, era absurdo: tenía que ser una pesadilla. Aquel mundo era tan real que cuando despertaba, le quedaba un desasosiego y un estado de ansiedad que le duraba horas, y lo que más lo desconcertaba eran aquellos recuerdos adicionales, que estaba seguro no haber soñado, como la impresión de permanecer durante varias horas en una cola bajo el sol para adquirir los alimentos, así como las interminables esperas para tomar un ómnibus, o las discusiones con una mujer, que debía ser su esposa, que constantemente le estaba reclamando algo, o las riñas entre aquellas gentes que parecían ser familia de ella, no podía precisarlo, así como tampoco podía comprender las razón de tanta violencia; y muy a su pesar esas sensaciones estaban ahí, habitando sus recuerdos; almacenados en su cerebro como reflejo de otra vida.

La casa muy sutilmente le hizo llegar la música de la habitación de trabajo. Eran las nueve y tenía que sentarse a escribir. Avanzó mecánicamente hacia el cuarto. Lo encontró todo dispuesto, las últimas hojas en que había estado trabajando, la computadora encendida, una taza de café recién elaborado, su pipa lista. Sonrió satisfecho. La casa siempre sabía lo que tenía que hacer.

Se sentó ante la computadora a escribir la novela, llamó al sistema GaboCAS, aún no lo dominaba muy bien, anteriormente prefería el sistema PoeCAS. Pero para la novela que estaba escribiendo le ofrecía más ventajas el primero. La trama no era fácil y se le complicaba cada vez más, comenzó a analizar los diferentes guiones que el sistema le iba ofreciendo, revisaba las variantes, le introducía cambios en el argumento, le asignaba nuevas funciones a los personajes, les creaba nuevas situaciones, así hasta obte¬ner un argumento final. No estuvo de acuerdo con el resultado. Revisó la forma en que otros autores habían tratado ese mismo tema a través de la biblioteca InfoCAS, luego de conectarse a la red de computadoras. Resultado: el tema no era nada original. Volvió a comenzar de nuevo, cambiando personajes, tramas. Ahora las ideas sí encajaban, pronto terminó el argumento.

Habían transcurrido más de cuatro horas, sintió hambre. Sólo tenía que hacer un gesto y la casa haría lo demás. Después de trabajar durante varias horas; nada mejor que un buen almuerzo y la casa lo sabía. Solícita preparó la mesa, los brazos mecánicos se agitaban sirviendo, colocando platos por aquí, por allá. Hoy había estado de mal humor, eso quería decir que tendría aún más apetito, y como la casa lo sabía, le preparó una suculenta mesa: dos enormes bistecs, ensalada de frutas, abundantes papas fritas, dulces finos, croquetas de jamón, helado. Se sentó a la mesa poseído de un hambre atroz.

¿Dónde está el arroz con los frijoles?

La casa quedó en suspenso, hasta él mismo se sorprendió. El jamás comía frijoles. Estaba seguro que eso tenía que ver con ese hombre, que llevaba una existencia miserable, en aquella casa sin vida. Sintió hambre, un hambre vieja, como si llevara horas, días sin comer y añoró un plato de arroz con frijoles, lo cual era absurdo. ¿Cómo podía estar tan ligado a aquel hombre? ¿Cómo era posible que sufriese como propias sus privaciones, sus desencantos? Y peor aun, su sueño se prolongaba día a día. El antes sólo dormía seis horas durante la noche, desde que comenzaron las pesadillas comenzó también a alargarse su sueño; cada día dormía un poco más. Anoche había llegado a las once horas, estaba convencido de que las pesadillas estaban relacionadas con la duración del sueño: eran las pesadillas las que se pro¬longaban, las que lo hacían permanecer más tiempo dormido. ¿Y si las pesadillas siguieran extendiéndose? ¿Y si llegara a dormir durante doce, trece o quince horas? Más de la mitad del día. ¡La mitad de su vida! Un leve nerviosismo comenzó a apode¬rarse de él. No había pensado en eso. ¿Y si el sueño siguiera aumentando, si día a día aumentara un poco más, hasta alcanzar las veinticuatro horas del día? Sintió mareo y un extraño malestar en el estómago. No podía comer, observó el jugoso bistec, contempló las papas fritas, la fuente con las frutas. Sintió una bola en el estómago, algo que le subía hasta la garganta y le producía náuseas. Unas gotas de sudor le corrieron por la frente, su temperatura descendió bruscamente. La casa preocupada retiró la mesa.

¿Quiere que conecte el sistema de diagnóstico?

No, el problema no está en el cuerpo.

La casa lo observaba atentamente.

¿Puedo hacer algo por ti?

No gracias, nada.

La casa seguía observándolo, tomándole la temperatura, analizando su respiración, procesando cada gota de sudor que le brotaba.

Las horas transcurrían lentas y seguras: afuera oscurecía; den¬tro, la casa seguía observándole; esperando una orden, un deseo… Aunque tenía sueño no quería dormir, tenía miedo; miedo a aquella otra vida; era un temor absurdo, pero no podía librarse de la duda: ¿Y si no despertara? ¿Si se quedase para siempre en ese mundo diabólico, llevando siempre aquella vida miserable? Esa sóla idea le infundía terror.

“Es absurdo pensó la pesadilla no puede durar todo el día, simplemente estoy agotado y estoy durmiendo más de la cuenta. No tiene sentido que me preocupe. Esta es mi verdadera vida, aquello es sólo eso, una pesadilla. Una pesadilla tan real que me asusta: puedo oler la humedad de la casa, percibir cada detalle, y lo peor es que siento que siempre he estado allí. Soy un idiota, las pesadillas son así”.

El sueño lo vencía.

Quiero otra música.

La casa comprendió y enseguida puso otra música, una música más alegre, más movida. Ella siempre sabe lo que debe hacer.

Café, café bien fuerte.

Recibida la orden, y al momento le sirvió una taza de café. Ahora, la casa esperaba.

“Tengo que controlarme… Una pesadilla no puede vencerme”. Se pasó la mano por la frente, sudaba.

La casa enfrió más el aire, también subió el audio de la música, la luz se hizo más potente.

“No quiero regresar a esa casa horrible, no quiero…”. Sintió como un escalofrío le recorría el cuerpo.

La cada disminuyó el frío, también bajó el audio, y le sirvió otra taza de café.

Se sentía solo, enfermo. Pensó llamar a su amante, miró al telé¬fono. La casa comenzó a marcar un número.

¡No, deja! gritó.

La casa interrumpió la llamada.

Discúlpeme, estimé que eso era lo que usted deseaba.

En realidad no te equivocaste, sólo que hoy todo es diferente.

Ella guardó silencio, sabía que aquello equivalía a una confesión, y una casa nada podía decir, tan sólo esperar.

Se puso de pie y comenzó a caminar de un lado para otro, mientras repetía.

Once horas, once horas… Por qué siempre tiene que ser la misma pesadilla, la misma…

Ella detuvo la música y guardó silencio. Después de tantos años de procesar sus gustos, de analizar su estado de ánimo, por primera vez no sabía qué hacer y nuevamente esperó.

“Estoy obsesionado con esa pesadilla que me esta destruyendo los nervios, tengo que serenarme, relajarme. No puedo dejarme vencer por ese estúpido sueño. Sólo tengo que acostarme y pensar en cosas alegres; como cuando era niño y… No puedo recordar nada, tengo mucho sueño… Cuando era niño siempre quise tener… El sueño no me deja pensar, los párpados se me cierran. Quiero recordar mi infancia… Los ojos se me cierran… Mejor voy a dormir. Dormir tranquilo, relajado; en un sueño profundo sin pesadillas”.

Entró al cuarto, la cama estaba arreglada, todo dispuesto a su gusto. Se dejó caer pesadamente sobre la cama. La casa comprendió y le puso una música suave a la vez que un aire tenue batía sobre su cuerpo. Pronto se durmió y la casa apagó todas las luces, y se dedicó a velar su sueño. Ahora nada podría despertarlo, la casa se ocuparía de todo: de las llamadas telefónicas, de la puerta, de mantener la temperatura constante, de ahogar cualquier sonido; nada podía perturbarle su sueño. La casa, celosamente cuidaría que así fuera.

Mientras en otra casa; una casa sin luz, las interrupciones eléctricas duraban hasta cinco horas; un hombre, cansado, estrujaba la hoja que había escrito.

“Hoy tampoco podré escribir, nunca terminaré la novela, nunca”.

Todo está oscuro, inmensamente oscuro; en aquella casa depauperada, donde el no es más que un intruso que pretende ser escritor. Y es en esos instantes que la casa se le viene encima, y siente como su espíritu se raja junto a aquellas viejas paredes, que ya no soportan más el peso de aquel techo descolorido. Pero los momentos más angustiantes son cuando llueve; es entonces cuando sobre su alma caen pesadamente gruesas gotas, que le desgarran el pecho y le llenan los pulmones de agua y le dejan como herencia esa tos que no le abandona nunca, ese es su destino vivir encerrado en aquella casa, que huele a abandono, que sabe a muerte.

La cama aún permanece húmeda por el último aguacero. Un mosqui¬to zumba cerca de su oído, se rasca la mano derecha, mientras mueve los pies sin cesar, los mosquitos no lo perdonan. Siente que aquella no es su vida: sensación cada vez más fuerte. Al principio era un sentimiento leve, pasajero; como un estado de angustia que le duraba pocos minutos y luego, era como si volviera a ser él mismo; pero últimamente esa angustia le dura horas; es un sentimiento de inadaptación, de desasosiego; como si esa vida le fuera ajena. Como si aquella casa inhabitable, en la que vive como un agregado, se obstinara en hacerle la vida imposible.

Avanza en medio de la oscuridad, tropieza con unos zapatos rotos que chillan bajo la presión del pie. Tose, lleva meses con ese catarro que no se le quita por falta de medicina. Pone su mano sobre la húmeda pared. Sus ojos comienzan a adaptarse a la oscuridad. Recuerda su hambre, se deja caer sobre una silla solitaria y maltrecha que cruje descontenta, trenza sus manos y las alza hasta el pecho, y apoya su barbilla sobre los nudillos de los dedos. Dentro de su cabeza escucha voces, esta sólo entre aquellas gentes, gentes extrañas. Esa no es su vida, por alguna razón desconocida e inhumana, esta colocado ahí. En algún momento tiene que desper¬tar. Vuelve a toser, se sopla la nariz. Las voces recorren la casa, una de las voces lo llama por su nombre. El sólo espera: aquellas horas oscuras tienen que pasar, tiene que suceder algo que lo saque de esa pesadilla. Suplica, se inclina hacia adelante y se apoya con los codos sobre las rodillas, mientras hunde la cabeza dentro de las manos.

¿Estás ahí? pregunta la voz.

Se tapa con ambas manos los oídos; abre la boca y lanza un grito ahogado que nadie escucha.

¿Estás ahí? otra vez la voz.

Silencio, silencio. Alguien sufre el desencanto de una vida ignorada, alguien lanza un grito desesperado desde un mundo olvidado; alguien, alguien se derrumba en una casa muerta.

¡Hola, mundo!

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